Trio sorpresa

El plan estaba en marcha, y esa noche sería especial para Luis. Marta y yo habíamos hablado de esto durante semanas, perfeccionando cada detalle para que todo saliera tal y como lo había imaginado. Sabía que Luis no sospechaba nada, y eso me hacía sonreír. La sorpresa era una parte clave de mi fantasía, y el hecho de que Marta estuviera involucrada lo hacía aún más emocionante.

La velada comenzó de forma tranquila, con una cena agradable y unas copas de vino. Me aseguré de que Luis tomara lo suficiente para relajarse, para que sus inhibiciones comenzaran a desvanecerse. Mientras bebía, lo observaba, viendo cómo sus ojos se volvían ligeramente más pesados con cada sorbo, y sabía que estaba en el punto perfecto para lo que estaba por venir.

Cuando llegamos al hotel, la habitación estaba lista, iluminada con una suave luz que creaba una atmósfera íntima y seductora. Luis estaba relajado, quizás demasiado confiado, pero no tenía idea de lo que le esperaba. Me acerqué a él con una sonrisa juguetona, comenzando a desabrochar su camisa, deslizando mis dedos por su pecho desnudo.

—Esta noche es tuya —le susurré—, pero tienes que dejar que yo tenga todo el control.

Él, sin dudarlo, asintió. No tenía ni idea de lo que eso implicaba, pero estaba dispuesto a seguir el juego. Lo llevé a la cama, quitándole el resto de la ropa mientras mi boca y mis manos recorrían su piel. Sentía su cuerpo tensarse bajo mi toque, su respiración más pesada, cada vez más excitado.

Cuando estuvo completamente desnudo, tomé las cuerdas de seda que había preparado. Sujeté sus muñecas a los postes de la cama, lo suficientemente firmes como para inmovilizarlo, pero con un toque suave. Repetí lo mismo con sus tobillos, dejando su cuerpo completamente expuesto y vulnerable. Finalmente, coloqué el antifaz sobre sus ojos, cubriéndolos por completo.

—A partir de ahora, solo puedes usar tu boca y tu miembro —le dije, mi voz cargada de promesa—, y quiero que describas cada sensación que experimentes.

Su respiración se aceleró. Sabía que el control estaba completamente en mis manos.

Me tomé un momento para disfrutar de la imagen de él atado y sin poder ver, completamente a mi merced. Después de eso, me acerqué a la puerta, y Marta entró en silencio. Sonreí al verla, sabiendo lo que estaba por suceder. Mientras ella se acercaba, me arrodillé junto a Luis y comencé a besarle el cuello, susurrando suavemente:

—Dime qué sientes…

—Siento… tus labios… en mi cuello… —jadeó, tratando de concentrarse en lo que su cuerpo percibía.

Mientras seguía besando su piel, Marta comenzó a desvestirse lentamente, sus ojos fijos en Luis, disfrutando de lo que estaba por venir. Primero, se quitó la camiseta, dejando al descubierto su pecho desnudo, sus pezones endurecidos bajo la luz tenue de la habitación. Luego, deslizó sus pantalones por sus caderas, revelando su cuerpo completamente desnudo. Yo la observaba, sintiendo cómo mi propia excitación crecía al verla así, lista para unirse al juego.

Marta se acercó a la cama, pero antes de tocarlo, me uní a ella. Quería que Luis sintiera la diferencia, pero no supiera qué estaba sucediendo. Me quité lentamente mi vestido, dejando que se deslizara por mi cuerpo hasta caer al suelo. Mi lencería negra acariciaba mi piel, y al ver la mirada cómplice de Marta, supe que era el momento.

Me acerqué a Luis, y mis manos comenzaron a recorrer su pecho desnudo, acariciándolo mientras Marta se colocaba a su lado, acariciando suavemente sus muslos, acercándose a su entrepierna pero sin tocarlo directamente.

Luis se estremeció.

—Tus manos… están por todas partes… —jadeó—. Pero… siento algo más… no sé qué es.

Sonreí para mí misma. Él no tenía ni idea de que Marta también lo estaba tocando. Me incliné hacia adelante, y con un movimiento suave, desabroché mi sujetador, dejándolo caer al suelo. Mis pechos rozaron su pecho mientras seguía besando su cuello, y podía sentir cómo su cuerpo respondía al contacto.

Marta, mientras tanto, se acercó más, dejando que su mano rozara la base de su erección. Luis gimió al sentir el toque, pero no podía saber que no era el mío.

—Sigue describiendo lo que sientes —le ordené suavemente.

—Siento… tus manos… acariciando mi… mi polla… —jadeó, su respiración cada vez más entrecortada—. Es tan suave, tan… intenso.

Sonreí, sabiendo que estaba a punto de intensificar aún más su confusión. Marta se subió a la cama y se posicionó sobre su rostro, colocando su vulva justo encima de su boca.

—Usa tu lengua —le dije, firme pero juguetona.

Luis, sin dudarlo, comenzó a lamerla. Marta soltó un pequeño gemido cuando la lengua de Luis entró en contacto con su clítoris, y vi cómo sus caderas comenzaban a moverse lentamente sobre su cara. Él, completamente concentrado en su tarea, no tenía idea de que estaba lamiendo a otra mujer.

—¿Qué sientes? —le pregunté de nuevo, mientras mi mano acariciaba su erección, deslizándome por su longitud con lentitud.

—Es… tan suave… húmeda… tu clítoris más hinchado que nunca está en mi lengua… Dios, es tan… —jadeó, entre gemidos de placer.

Marta se movía con más intensidad, disfrutando de cada lamida mientras sus gemidos se hacían más audibles. Yo, mientras tanto, seguí acariciando su miembro, aumentando la presión de mi mano. Luis estaba completamente perdido en el placer, sin saber que había dos mujeres jugando con él al mismo tiempo.

Después de un rato, supe que era momento de cambiar el juego. Marta se subió lentamente sobre su miembro. Con cuidado, ella lo guió dentro de sí, dejándose caer sobre él en una embestida profunda y lenta.

Luis soltó un gemido gutural al sentir cómo entraba en ella, pero no sabía que no era yo.

—Dime… —le susurré—, ¿qué sientes ahora?

—Dios… estás tan apretada… tan caliente… —jadeó, su cuerpo temblando mientras Marta comenzaba a moverse lentamente sobre él—. Te siento rodeándome… me estás volviendo loco.

Marta aumentó el ritmo, montándolo con más intensidad, mientras yo acariciaba su clítoris desde atrás. Sus gemidos se intensificaron, y yo podía ver cómo ambos se acercaban al clímax.

Luis estaba a punto de correrse, sus caderas moviéndose involuntariamente contra las embestidas de Marta. 

—Más rápido —le susurré a Marta, y ella obedeció, sus movimientos volviéndose más frenéticos mientras ambos alcanzaban el orgasmo.

Finalmente, con una última embestida, Luis se corrió dentro de ella, su cuerpo temblando mientras gemía con fuerza. Marta también llegó al clímax, su cuerpo estremeciéndose mientras lo sentía llenarla. La habitación se llenó con sus jadeos y el eco de su placer.

Marta se levantó lentamente, se vistió en silencio y salió de la habitación con las piernas aún temblorosas. Yo, sonriendo, me acerqué a Luis y le quité el antifaz.

—¿Te ha gustado? —le pregunté, mirándolo a los ojos.

Luis, aún respirando con dificultad, me miró con una mezcla de confusión y satisfacción.

—No sé… qué ha pasado exactamente, pero… ha sido increíble —susurró.

Sonreí, sabiendo que nunca entendería por completo lo que había sucedido esa noche. Una noche que jamás olvidaríamos

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