Avanzando desde la masturbación

El agua seguía corriendo en la ducha, creando una niebla que envolvía el pequeño baño. Estaba sentada en el borde de la bañera, desnuda, con los muslos ligeramente separados, mientras mis dedos trazaban pequeños círculos sobre mi piel húmeda. Sentía cómo mi respiración se aceleraba, cómo mi cuerpo respondía al roce, buscando algo que hacía demasiado tiempo no encontraba en mi vida con Andrés.

Había aprendido a hacer esto en secreto, en la soledad de estos momentos, cuando el silencio de nuestra casa me permitía liberarme. Mi mano bajaba por mi abdomen, despacio, como si quisiera alargar la sensación de anticipación. Un gemido bajo escapó de mis labios justo cuando empecé a tocarme más abajo, deslizándome entre mis pliegues húmedos, encontrando ese pequeño punto de placer que hacía que mis piernas temblaran ligeramente.

Y entonces, la puerta se abrió de golpe.

—¡Carla!

Mi mano se detuvo inmediatamente, el corazón latiéndome en la garganta. Levanté la cabeza y vi a Lucía, mi vecina, de pie en el umbral. No pude moverme. El calor de la vergüenza subió a mis mejillas y quise desaparecer en ese instante. Lucía también parecía sorprendida, pero no apartó la vista. Mis piernas aún estaban separadas, mis dedos húmedos entre mis muslos. Nos quedamos así, en silencio, durante lo que pareció una eternidad.

—Perdón, yo… —Lucía comenzó a hablar, pero su voz se apagó mientras su mirada seguía fija en mi cuerpo.

En lugar de huir, algo en mí cambió en ese instante. Era una locura. Me sentía atrapada entre la vergüenza y una inesperada excitación por ser vista. Lucía cerró la puerta suavemente detrás de ella y dio un paso más hacia mí.

—Yo también lo hago… —dijo en un susurro, como si esa confesión fuera la clave para lo que estaba por suceder.

Sentí que el aire se volvía denso, cargado de algo eléctrico. No podía apartar los ojos de los suyos, y sin decir una palabra más, Lucía se acercó hasta quedar frente a mí. Me levanté, aún envuelta en una mezcla de culpa y deseo, y con un movimiento casi automático, nos dirigimos hacia mi dormitorio. El suelo bajo mis pies parecía más suave, como si el mundo mismo hubiera cambiado en esos minutos.

En el dormitorio, el sol de la tarde llenaba la habitación con una luz dorada. Nos paramos una frente a la otra, sin saber realmente cómo empezar. Mis manos temblaban ligeramente mientras ella deslizaba la camiseta por su cabeza. A medida que la ropa caía, nuestras respiraciones se hacían más audibles. Cuando Lucía se quedó desnuda, no pude evitar mirarla, admirar su piel suave y las curvas de su cuerpo. Sentí un estremecimiento al ver cómo sus pechos subían y bajaban con cada respiración entrecortada.

—Vamos a hacerlo juntas, ¿te parece? —dijo, con una voz más segura de lo que yo esperaba.

Asentí, mi corazón latiendo con fuerza. Nos tumbamos en la cama, los cuerpos tensos pero excitados por lo que estaba a punto de suceder. Lucía fue la primera en comenzar, dejando que su mano viajara por su abdomen hasta su entrepierna, sus dedos trazando círculos lentos y sensuales sobre su clítoris.

La imité, dejando que mis dedos exploraran de nuevo, pero esta vez, no estaba sola. Lucía me observaba con atención, sus ojos siguiendo cada uno de mis movimientos, y yo los de ella. Mi respiración se volvía más errática a medida que me acariciaba, siguiendo los movimientos que ella hacía, aplicando más presión justo cuando la veía apretar los labios y gemir suavemente.

—Deslízalos así… —murmuró Lucía, observando mis dedos con detenimiento.

Sus dedos se movían con destreza, trazando pequeños círculos sobre su clítoris, antes de bajar ligeramente y rozar los labios de su vulva, sin llegar a penetrarse. Me mordí el labio, imitando sus movimientos. La humedad entre mis piernas aumentaba con cada roce, y la sensación de verla hacerlo, de saber que ella también me observaba, me volvía loca.

—Mira… —dijo, y me mostró cómo sus dedos deslizaban más hacia adentro, solo lo suficiente para sentir el borde de su entrada sin perder contacto con su clítoris. Mi cuerpo respondió instantáneamente, y al imitar su técnica, sentí una explosión de placer recorrerme.

Ambas comenzamos a movernos al mismo ritmo, observándonos fijamente, como si estuviéramos aprendiendo una coreografía. De vez en cuando, nuestros cuerpos se acercaban, nuestras piernas rozándose, y esa mínima fricción añadía una nueva capa de excitación a todo lo que estábamos haciendo. No podía apartar la vista de sus dedos, de la manera en que sus caderas se movían con cada toque.

Decidí probar algo diferente, inspirada por su técnica. Con una mano, me seguí acariciando el clítoris, mientras que con la otra, deslicé un dedo dentro de mí. La combinación del movimiento externo e interno me arrancó un gemido fuerte, y cuando la miré, vi que ella estaba haciendo lo mismo.

El ambiente en la habitación se había transformado. El ritmo de nuestras manos era más rápido, más intenso, y el sonido de nuestros gemidos llenaba el espacio. Podía sentir que estaba cerca, muy cerca, y por el rostro de Lucía, sabía que ella también lo estaba. Mis piernas comenzaron a temblar, y el placer se acumulaba en mi vientre, una presión creciente que sabía que iba a estallar en cualquier momento.

Y finalmente, lo hizo.

Con un último gemido, mi cuerpo se tensó y me dejé llevar por una ola de placer tan intensa que casi me quedé sin aliento. Mis dedos no se detuvieron, queriendo prolongar esa sensación tanto como fuera posible, mientras observaba cómo Lucía llegaba a su propio clímax a mi lado. Ver su rostro, sus labios entreabiertos, su piel brillante de sudor, todo eso intensificó mi propio orgasmo, haciéndome sentir más viva de lo que había estado en mucho tiempo.

Cuando la tormenta pasó, me dejé caer sobre la cama, jadeando, sintiendo mi piel aún estremecerse por las últimas ondas de placer. Lucía hizo lo mismo, recostándose a mi lado, ambas envueltas en una mezcla de satisfacción y una extraña, pero placentera, complicidad.

Los días siguientes fueron extraños. Nuestras vidas continuaron como siempre, con las mismas rutinas y obligaciones, pero algo entre nosotras había cambiado. Cada vez que nos cruzábamos en el ascensor o compartíamos una conversación casual, había una tensión palpable, un conocimiento compartido que nos hacía sonreír con complicidad.

Nunca volvimos a hablar de esa tarde, pero ambas sabíamos que algo más había quedado entre nosotras, algo que no se podía deshacer. Aunque la culpa seguía ahí, enterrada bajo capas de deseo satisfecho, no podía evitar recordar lo que había aprendido. Y, sobre todo, no podía evitar desear volver a experimentar esa conexión.

Porque, después de todo, ¿cómo volver a la monotonía cuando has descubierto algo tan liberador?

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