Una Tuppersex caliente

Era una tarde que había comenzado como cualquier otra, pero el aire estaba cargado de una expectación que no podía ignorar. Mis amigas y yo nos habíamos reunido en casa de Laura para lo que, en principio, era solo una reunión de “tuppersex”. Un poco de vino, risas, y la oportunidad de conocer algunos juguetes sexuales que, aunque nos intrigaban, nunca habíamos probado.

La consultora, una mujer de unos 40, nos fue enseñando uno a uno los juguetes. Primero los vibradores pequeños, luego los más grandes, y finalmente esos con formas exóticas que prometían placeres que ninguna de nosotras había experimentado aún. El ambiente empezó a cambiar conforme cada una de nosotras sostenía los juguetes en las manos, sintiendo su peso y textura. Los comentarios pícaros se convirtieron en confesiones íntimas, y pronto las risas nerviosas dejaron paso a una atmósfera cargada de deseo.

El vino fluía y mis mejillas ardían, no solo por el alcohol, sino por la manera en que mis amigas empezaban a tocarse, a experimentar abiertamente con los juguetes. Laura fue la primera en dar el paso, deslizándose un vibrador por el interior de sus muslos mientras nos miraba con ojos entrecerrados, sus labios entreabiertos. Nadie la detuvo, y en lugar de sorprendernos, el espectáculo parecía encender algo en todas nosotras.

«¿No lo vas a probar?» me preguntó Marta, sentada a mi lado, mientras me ofrecía un pequeño consolador que había estado acariciando.

Lo acepté, sintiendo cómo mi propio cuerpo respondía a la idea. Deslicé el juguete entre mis piernas, aún vestida, pero el simple contacto me hizo jadear. Mis ojos recorrieron la habitación: Marta ya estaba con un vibrador sobre su clítoris, Jade se acariciaba los pezones, y Laura seguía explorando su propio cuerpo con el juguete.

El calor en la habitación era casi insoportable cuando, de repente, sonó el timbre. Nos sobresaltamos un poco, pero Laura, con una sonrisa traviesa, dijo: “Es el chico de las pizzas.”

«¡Qué buen momento!» exclamó Marta entre risas, pero había algo en su mirada que indicaba que el momento era cualquier cosa menos casual.

Laura se levantó, aún jugueteando con el vibrador en su mano, y abrió la puerta. El chico era joven, no más de 25 años, con un aire despreocupado que rápidamente se vio reemplazado por sorpresa al vernos a todas en nuestro estado: sofocadas, excitadas, y sin ningún intento de disimularlo. 

“¿Te gustaría quedarte un rato?” dijo Laura, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas de sus intenciones. El chico, claramente nervioso, tragó saliva, pero sus ojos recorrieron la habitación con un interés que me hizo estremecer. No tardó en aceptar la oferta.

Lo que comenzó como una broma juguetona pronto se convirtió en algo más. Laura lo invitó a sentarse, ofreciéndole una copa de vino. Nosotras seguimos con nuestros juguetes, pero ahora el ambiente era aún más cargado de electricidad, sabiendo que él estaba observando.

«¿Por qué no te quitas la camiseta? Hace calor aquí, ¿no crees?» sugirió Marta, su tono desenfadado, pero sus ojos brillaban con malicia.

El chico, casi sin pensarlo, obedeció. Su torso joven y tonificado quedó al descubierto, y de inmediato sentí un escalofrío recorrerme. Marta fue la primera en acercarse, sus manos recorriendo su abdomen antes de bajar lentamente hacia su cinturón. No hubo palabras, solo miradas cargadas de deseo mientras el chico permanecía inmóvil, atrapado en la tensión del momento.

Pronto, sus pantalones también cayeron, y ahí estaba él, desnudo y completamente erguido. Nos miraba a todas, un poco perplejo pero evidentemente excitado. Marta lo besó primero, su lengua explorando su boca mientras él jadeaba entre sus labios. Laura fue la siguiente en acercarse, su mano envolviendo su erección con movimientos lentos y expertos, mientras Jade y yo nos quedamos observando, nuestras respiraciones cada vez más agitadas.

Mi corazón latía con fuerza. El vibrador que había estado usando ahora se movía más rápido sobre mi clítoris, cada segundo me acercaba al límite. Pero no podía apartar la vista de la escena frente a mí: una tras otra, mis amigas se acercaban al chico, cada una tomándose su turno para sentirlo, tocarlo, saborearlo. Todo era un torbellino de cuerpos, de gemidos, de deseos reprimidos que ahora explotaban sin control.

Finalmente, llegó mi turno. Me acerqué a él, mis piernas temblando de anticipación, mi piel ardiendo. Laura me lanzó una mirada cómplice antes de apartarse, dejándome espacio. Él me miró con una mezcla de ansiedad y deseo, y supe que ambos estábamos esperando lo mismo.

Me coloqué sobre él, mis rodillas temblando ligeramente cuando su miembro duro rozó los labios de mi húmeda vagina. Jadeé al sentirlo, cada fibra de mi ser pidiendo más. Finalmente, lo dejé entrar, su pene caliente y firme deslizándose lentamente dentro de mí, llenándome completamente. Mi respiración se cortó, mis manos se aferraron a sus hombros, y comencé a moverme sobre él con una necesidad desesperada.

Cada embestida me acercaba más al límite. El placer era casi insoportable, mis gemidos mezclándose con los de mis amigas, quienes esperaban su turno con los ojos llenos de lujuria. Marta, Jade, Laura, todas nos movíamos en una danza salvaje de placer compartido, nuestras voces llenando la habitación.

Y entonces lo sentí. El orgasmo me golpeó con una fuerza abrumadora. Grité su nombre, mi cuerpo estremeciéndose mientras alcanzaba el clímax, cada músculo tensándose, cada nervio ardiendo de puro éxtasis. Me moví sobre él una vez más, sentiendo cómo él también se liberaba dentro de mí, el calor de su cuerpo mezclándose con el mío mientras todo a nuestro alrededor se desvanecía.

Cuando finalmente me dejé caer sobre él, jadeante y exhausta, miré a mis amigas. Todas estaban igual, temblando, sonriendo, satisfechas. Habíamos comenzado esa tarde con un simple tuppersex, pero lo que había ocurrido esa noche había despertado algo en todas nosotras, algo que nunca olvidaríamos

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