Nos habíamos tomado esas vacaciones como una escapatoria, una forma de reconectar después de tantos años juntos. Raúl y yo llevábamos más de una década casados, y aunque seguíamos queriéndonos, ambos sabíamos que algo se había enfriado. La rutina había convertido nuestras noches en algo predecible, y ya no recordaba la última vez que había sentido ese fuego incontrolable por él. Era como si hubiéramos entrado en una especie de piloto automático.
Durante nuestros paseos, pasamos por un lugar que llamó nuestra atención. El letrero en la puerta decía «Club Nocturno El Deseo», con luces tenues y una entrada discreta. Bromeamos sobre lo que podría haber allí. «Es un club swinger, seguro,» dije, riendo.
Raúl me miró con esa chispa en los ojos que rara vez mostraba últimamente. «¿Y si entramos? Solo por curiosidad, claro.»
Pensé que era una broma, pero en el fondo, sentí una especie de emoción. Nunca habíamos hecho algo así, ni siquiera lo habíamos hablado, pero había una parte de mí que se sentía extrañamente atraída por la idea. Solo mirar, sin pretensión, era lo que nos habíamos dicho.
Más tarde, esa noche, me puse mi vestido negro ajustado, uno que apenas usaba, y Raúl se vistió de manera más elegante de lo habitual. Cuando llegamos al club, el ambiente era diferente a lo que había imaginado. No era vulgar ni intimidante, sino sofisticado. Las luces bajas, la música suave, y las parejas que charlaban como si estuvieran en cualquier otro bar. Pero había algo en la atmósfera, algo palpable y cargado de deseo.
Nos sentamos en un sofá junto a una pareja que parecía mayor que nosotros. Él, un hombre de cabello canoso pero imponente, y ella, una mujer rubia de labios rojos intensos, nos saludaron con una sonrisa amistosa.
«Es su primera vez aquí, ¿verdad?» preguntó la mujer, su mirada cálida pero penetrante.
«Sí, solo estamos curioseando,» contesté, nerviosa pero extrañamente excitada por estar ahí.
La conversación fluyó con naturalidad. A medida que bebíamos, la tensión se acumulaba entre Raúl y yo, una tensión que no sentía desde hacía mucho tiempo. Cada vez que la mujer cruzaba las piernas o su marido me dirigía una mirada más prolongada de lo normal, sentía un calor recorrerme por dentro. Raúl notó el cambio en mí, y lo vi en sus ojos también. Estábamos siendo arrastrados por el ambiente, por la libertad que ofrecía ese lugar. No sé en qué momento, pero de repente la idea de hacer algo más ya no me parecía tan lejana.
«¿Quieren acompañarnos?» preguntó el hombre mayor, su tono educado, pero con una clara insinuación.
Mi corazón dio un vuelco. Miré a Raúl, buscando una señal de que estábamos en la misma sintonía. Él asintió, con una mezcla de curiosidad y deseo en su mirada. Sabía que esto no lo habíamos planeado, pero también sabía que algo en mí había cambiado. Me levanté primero, sintiendo el latido en mis oídos, mientras seguíamos a la pareja hacia una de las habitaciones privadas del club.
El cuarto era íntimo, con espejos en las paredes y sofás bajos. Nos sentamos, y la mujer se acercó a Raúl, comenzando a acariciar su pierna con suavidad. Mientras tanto, el hombre mayor se acercó a mí, sus manos firmes pero respetuosas. Me miró, buscando una última aprobación en mis ojos, y yo, sin decir nada, asentí ligeramente.
Sentí que todo a mi alrededor desaparecía mientras sus manos comenzaban a explorarme, sus dedos deslizándose por mi cuerpo. Raúl nos observaba, sin intervenir, pero sus ojos no se apartaban de nosotros. El hombre me giró suavemente para que quedara de espaldas a él, su cuerpo cálido presionando contra el mío. El vestido que llevaba, que apenas me cubría, fue subido lentamente hasta mis caderas, y su boca comenzó a besarme el cuello, haciéndome estremecer.
Mis manos se aferraron al sofá, mientras lo sentía prepararse para entrar en mí. El sonido de Raúl respirando pesadamente a mi lado me excitaba aún más. El hombre me penetró con una firmeza controlada, y un gemido escapó de mis labios antes de que pudiera detenerlo. Era un placer nuevo, una mezcla de culpa y lujuria que me envolvía completamente. Sentía cómo cada embestida me llevaba más lejos, mientras Raúl, sentado cerca, observaba cada movimiento, cada respiración entrecortada que soltaba.
Mi mente estaba concentrada en el hombre detrás de mí, en la forma en que me llenaba con su pene caliente. Cada vez que sus manos se aferraban a mis caderas, sentía que el control sobre mí misma se desvanecía un poco más.
Me giré un poco, buscando a Raúl con la mirada. Él me observaba intensamente, con los ojos brillantes de deseo, y eso me hizo perder el control por completo. Un último empuje, una última embestida, y sentí cómo mi cuerpo alcanzaba un clímax que jamás habría imaginado. Grité su nombre, Raúl, mientras el hombre continuaba moviéndose dentro de mí, alargando ese momento de puro éxtasis.
Cuando finalmente terminó, caí rendida en el sofá, aún temblando por lo que acababa de suceder. Miré a Raúl, y supe que algo había cambiado para siempre entre nosotros. El deseo que habíamos redescubierto esa noche era algo más profundo de lo que habíamos imaginado.
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