
Roberto se sentó en el sillón de cuero con una presencia imponente, mientras Marta y Javier lo observaban, nerviosos y expectantes. Sabían que algo inusual estaba por ocurrir, pero no podían anticipar qué. Roberto, un hombre alto, con una mirada penetrante y una confianza palpable, era conocido por su capacidad para guiar a parejas a explorar nuevos niveles de placer. Hoy, la lección estaba a punto de comenzar, y ninguno de los dos sabía exactamente qué esperar.
“Hoy yo tendré el control”, dijo Roberto, su voz grave llenando la habitación. “Marta, tú te entregarás. Y tú, Javier… solo mirarás. Aprenderás, pero sin intervenir. No habrá excepciones.”
Javier asintió, sintiendo una mezcla de curiosidad y celos nublándole el juicio. Algo dentro de él se agitaba, pero no se atrevió a cuestionar. Marta, por su parte, tragó saliva, excitada por la tensión que flotaba en el aire. Sabía que esa noche cambiaría algo entre ellos, aunque no sabía con precisión qué.
«Desnúdate, Marta», ordenó Roberto suavemente, pero con firmeza. «Y tú, Javier, quédate donde estás.»
Marta empezó a desvestirse, sus dedos temblando ligeramente mientras se deslizaba fuera de su ropa bajo la atenta mirada de Roberto. Javier observaba desde el borde de la cama, sus ojos fijos en el cuerpo desnudo de su esposa, mientras un nudo de celos empezaba a formarse en su interior. Pero la curiosidad lo mantenía en su sitio.
Cuando Marta quedó completamente desnuda, Roberto la guió hacia la cama, donde la hizo recostarse, atando sus muñecas a los extremos del cabecero. La delicadeza de sus movimientos no hacía más que aumentar la expectación. Javier, inmóvil, observaba cada detalle, el calor subiendo por su piel mientras su cuerpo reaccionaba a la escena que tenía ante él.
«Escucha con atención, Javier», dijo Roberto, inclinándose sobre Marta y recorriendo su cuerpo con la punta de los dedos. «Hoy aprenderás a través de lo que ves. Observa cómo reacciona su cuerpo a cada toque. Esta es la clave del placer.»
Los dedos de Roberto rozaron el cuello de Marta, descendiendo por su pecho hasta alcanzar sus pezones, que se endurecieron de inmediato. Marta soltó un gemido suave, y Javier sintió una punzada de celos, viendo cómo su esposa respondía a las caricias de otro hombre. Pero, al mismo tiempo, el deseo de entender lo que Roberto hacía se apoderaba de él.
Roberto no le dio tiempo a procesar, bajando sus manos hacia las caderas de Marta y luego entre sus piernas, tocando su clítoris con una precisión y suavidad que arrancó un gemido más fuerte de ella. Javier observaba, hipnotizado, mientras los dedos de Roberto trabajaban rítmicamente, llevando a Marta al borde de la excitación.
«Ves cómo su cuerpo reacciona a cada toque», dijo Roberto, mirando brevemente a Javier. «Esto es lo que debes aprender. No es solo tocar, es entender. Controlar. Dirigir.»
De repente, sin previo aviso, Roberto se quitó la camisa, revelando su torso firme y musculoso. Javier lo miró con sorpresa, y Marta, aún atada y jadeante, también lo notó. El ritmo en la habitación cambió. No había explicaciones, solo acción. Roberto bajó sus pantalones lentamente, dejando claro que estaba a punto de cruzar un límite que la pareja no esperaba.
Javier abrió los ojos con asombro. Su cuerpo tensándose por el impacto de lo que estaba sucediendo ante él. Marta también lo miraba sorprendida, con los ojos muy abiertos, pero no dijo nada. No podía, no quería. Su respiración se volvió más rápida, su excitación palpable.
Sin decir una palabra, Roberto se posicionó entre las piernas de Marta, su erección evidente. Marta se estremeció al sentir el calor de él tan cerca, y un gemido suave escapó de sus labios cuando sintió la punta de su miembro rozar su entrada, lentamente, provocando.
Javier se quedó helado, incapaz de apartar la mirada. Los celos lo devoraban, pero al mismo tiempo, algo en él lo mantenía fascinado por la escena. Roberto no había pedido permiso, no había consultado; simplemente había tomado control. Y eso, para su sorpresa, lo excitaba tanto como lo torturaba.
Roberto, sin vacilar, empujó lentamente dentro de Marta, entrando con un movimiento suave pero firme. Marta arqueó la espalda, soltando un gemido ahogado mientras su cuerpo se adaptaba a él. Javier observaba cada detalle, sintiendo cómo los celos le quemaban por dentro, pero sin poder apartar la mirada. La manera en que Marta reaccionaba, los sonidos que emitía, todo era nuevo, todo era diferente.
«¿Lo ves, Javier?» dijo Roberto con una voz controlada mientras se movía dentro de Marta. «Esto es control. Esto es lo que necesitas aprender. Siente cómo su cuerpo responde, cómo cada embestida la lleva más cerca del clímax.»
Marta gemía más fuerte, su cuerpo temblando con cada movimiento de Roberto. Sus piernas envolvieron instintivamente la cintura de él, y su rostro reflejaba una mezcla de placer y sorpresa. No esperaba esto, pero su cuerpo se entregaba por completo. Javier, desde su posición, no podía hacer más que mirar, mordiéndose el labio mientras su esposa alcanzaba niveles de placer que nunca había presenciado.
Roberto aumentó el ritmo, entrando y saliendo de Marta con movimientos precisos y profundos, mientras ella se retorcía bajo su control. Javier no podía apartar los ojos de la escena, sintiendo una mezcla de deseo y celos que lo recorría por completo. Sabía que esta experiencia cambiaría todo.
Marta gritó el nombre de Roberto mientras su cuerpo se estremecía en un orgasmo violento, su piel resplandeciente de sudor, y su respiración agitada. Roberto se detuvo, saliendo de ella lentamente, dejándola temblando, satisfecha pero desconcertada por la intensidad de lo que había sucedido.
Javier, aún en silencio, miró a su esposa con una nueva comprensión. Sabía que había sido testigo de algo que cambiaría su forma de entender el placer para siempre.
«Esto es lo que te enseñé hoy», dijo Roberto, poniéndose de pie y volviendo a vestirse con calma. «El verdadero control no se trata solo de saber qué hacer. Es saber cuándo hacerlo. Y ahora, Javier, es tu turno de aprender a hacer lo mismo.»
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