Sofía, una mujer alta y de cabello oscuro, estaba frente a la ventana, observando cómo la lluvia golpeaba el cristal. Era imposible no notar la elegancia de sus movimientos, cómo se deslizaba por la sala con una naturalidad hipnótica. Marina, quien nunca había compartido un espacio tan pequeño con una desconocida, sintió de inmediato una conexión curiosa con ella.
Era un día oscuro y lluvioso en la ciudad, el tipo de jornada que te obliga a quedarte en casa. Marina había alquilado el apartamento para pasar unos días de descanso en la capital, alejada de su rutina. Lo que no esperaba era compartir el espacio con otra persona. Cuando llegó y vio que la puerta ya estaba abierta, una sorpresa la aguardaba en el interior.
—Parece que vamos a estar atrapadas aquí hoy —dijo Sofía sin voltear, con una voz profunda y tranquila.
—Sí, es un buen día para relajarse —respondió Marina, intentando sonar casual.
Ambas mujeres compartieron la tarde en una conversación ligera. Hablaron del clima, de sus vidas, y poco a poco la atmósfera se fue volviendo más íntima, más cargada de una tensión silenciosa, pero perceptible. Las horas pasaron, y el sonido de la lluvia se mezclaba con el crujir de las sillas y el susurro de sus voces.
Cuando el anochecer comenzó a caer, Sofía se levantó del sofá y se estiró lentamente, su camiseta levantándose apenas lo suficiente para revelar su piel suave y pálida.
—Voy a darme una ducha —dijo—. Este clima me deja con la piel helada.
Marina asintió, pero no pudo evitar seguirla con la mirada mientras Sofía se dirigía al baño. El sonido del agua corriendo se hizo presente, y Marina, ahora sola en la sala, no podía dejar de pensar en la sensación de cercanía que habían compartido. Esa mezcla de curiosidad y deseo que nunca antes había sentido tan fuerte con otra mujer.
Cuando Sofía salió del baño, envuelta en una toalla, su cabello aún goteaba. Sin decir una palabra, caminó hasta Marina y se sentó a su lado en el sofá. La cercanía era palpable, el calor de su cuerpo irradiando a través de la fina tela de la toalla. Ambas se miraron en silencio, como si estuvieran esperando que algo más sucediera, algo que ninguna de las dos se atrevía a iniciar.
Finalmente, fue Sofía quien rompió el silencio.
—¿Alguna vez te has preguntado cómo sería con otra mujer? —preguntó con una franqueza que sorprendió a Marina.
Marina tragó saliva, sin saber cómo responder. Pero su cuerpo ya había respondido por ella, inclinándose levemente hacia Sofía, acercándose sin darse cuenta.
—Creo que sí —admitió finalmente, su voz apenas un susurro.
Sofía sonrió con suavidad y tomó la mano de Marina, llevándola hacia su propio muslo, justo donde la toalla terminaba. Su piel era cálida, y la sensación de contacto encendió algo en Marina que nunca antes había explorado.
—Déjame enseñarte —dijo Sofía, con una seguridad que solo alguien con experiencia podía tener.
Se inclinó hacia Marina, acercando sus labios a los de ella en un beso suave pero firme. Sus labios se entrelazaron en una danza lenta, un descubrimiento mutuo. Marina, que nunca había besado a otra mujer, sintió cómo algo se abría dentro de ella, un nuevo tipo de deseo que no había anticipado.
—El cuerpo femenino es un terreno fascinante —murmuró Sofía cuando se separaron—. No hay prisa. Se trata de descubrir, de sentir. —Tomó la mano de Marina y la guió hacia su cuello, luego más abajo, hacia el borde de la toalla, permitiéndole explorar cada rincón de su piel.
Marina la siguió, sus dedos temblando al principio, pero pronto se dejó llevar por la suavidad de la piel de Sofía. Tocó cada curva, cada pliegue con delicadeza, mientras Sofía le murmuraba pequeñas instrucciones.
—Aquí… en los senos, la piel es sensible, pero no debes apresurarte —susurró Sofía, guiando la mano de Marina hacia su pecho. La forma en que le mostró cómo acariciar, cómo apretar levemente, le reveló a Marina lo que realmente significaba tomarse el tiempo para conocer el cuerpo de otra mujer.
Marina, ahora más confiada, dejó que sus manos se aventuraran más allá, hasta la parte inferior del abdomen, justo donde la toalla comenzaba a ceder. Sofía la miraba con los ojos entrecerrados, sus labios separados por la anticipación.
—El clítoris es delicado, pero también poderoso —explicó Sofía, llevando la mano de Marina hacia su centro, donde la piel era aún más cálida—. Tienes que tocarlo con cuidado, primero lento… como esto.
Marina siguió sus indicaciones, trazando círculos suaves y pequeños, explorando cada reacción de Sofía. Los suspiros y el arqueo de su espalda le indicaban que estaba en el buen camino. Aprendió rápidamente cómo la presión adecuada y el ritmo pausado eran clave para despertar las sensaciones más profundas.
—Sigue así, pero no te detengas —jadeó Sofía, su respiración acelerándose con cada segundo.
Marina sintió cómo el cuerpo de Sofía respondía, cómo sus músculos se tensaban bajo sus manos, hasta que finalmente, con un gemido profundo y prolongado, Sofía alcanzó el clímax.
Se quedaron allí, ambas respirando entrecortadamente, con el sonido de la lluvia golpeando las ventanas como el único testigo de su encuentro. Sofía sonrió, satisfecha, y se acercó a besar a Marina una vez más, esta vez con una ternura renovada.
—Ahora sabes cómo es realmente —dijo Sofía con una sonrisa tranquila—. El placer es algo que se descubre con tiempo, paciencia… y una buena maestra.
Marina, aún recuperándose de lo que acababa de experimentar, solo pudo sonreír de vuelta. Sabía que este encuentro, en medio de la tormenta, era algo que jamás olvidaría.
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