Tensión sexual en el reencuentro

Habían pasado más de veinte años desde la última vez que Ana y Marcos se vieron. Ambos llevaban vidas distintas, con familias e hijos, pero aquella noche en una ciudad ajena al pasado, un cruce de miradas en una conferencia cambió todo. Fue como si el tiempo no hubiera pasado. Sus ojos se encontraron y, en ese instante, los recuerdos de sus momentos juntos resurgieron con una intensidad que ninguno de los dos esperaba.

Después de intercambiar algunas palabras y recordar sus días de juventud, decidieron ir a tomar algo en un bar cercano. Las risas y confidencias fluyeron fácilmente, como si el espacio entre ellos nunca hubiera existido. La conversación se volvió cada vez más íntima, y a medida que los tragos bajaban, la tensión sexual que había quedado pendiente en el pasado empezó a surgir.

Ambos estaban conscientes de que lo que hacían estaba al borde de lo correcto, pero algo más fuerte que la razón los empujaba a continuar. El tacto sutil de la mano de Marcos sobre la de Ana fue suficiente para encender una chispa que, silenciosa, había permanecido dormida por décadas.

«Deberíamos irnos», dijo Ana, aunque no tenía la intención de volver sola al hotel.

Marcos asintió y la acompañó. El viaje hasta el hotel fue un silencio cargado de electricidad. Cada segundo que pasaba aumentaba la anticipación de lo que sabían iba a ocurrir. Entraron en la habitación y, sin apenas palabras, se miraron a los ojos, cómplices de lo inevitable.

Ana lo besó primero, un beso profundo, lleno de pasión contenida. Su boca sabía a nostalgia, y a deseo no cumplido. Mientras sus labios se encontraban, sus cuerpos empezaron a recordarse. Las manos de Marcos encontraron la curva de su cintura, y Ana, con los ojos entrecerrados por el placer, deslizó sus dedos por su espalda, acercándolo más. 

Se desvistieron con prisa, pero no con torpeza, como si la experiencia de los años les hubiera enseñado el arte de disfrutar cada momento. Cuando estuvieron desnudos, se miraron por un segundo, admirando cómo el tiempo había dejado sus huellas, pero también apreciando la madurez de sus cuerpos.

Ana se tumbó en la cama y Marcos se colocó sobre ella, pero esta vez no fue como en su juventud, cuando la urgencia dominaba cada encuentro. Esta vez, ambos sabían cómo complacer al otro, cómo tomarse su tiempo. Marcos comenzó a besarla lentamente, desde su cuello hasta llegar a sus pechos, deteniéndose en cada parte de su piel, mientras sus manos recorrían el contorno de su cuerpo, dibujando un mapa que había memorizado años atrás. Ana arqueaba su espalda con cada caricia, cada beso le arrancaba suspiros suaves, dejando que su cuerpo reaccionara a su toque.

Marcos se deslizó más abajo, rozando sus muslos con suavidad, hasta llegar a su entrepierna. Ana cerró los ojos, entregada al placer que él le estaba provocando, mientras él utilizaba la lengua para acariciarla con precisión. Ella no podía contener los gemidos que salían de su garganta, sus manos se aferraban a las sábanas, mientras su cuerpo respondía a las olas de placer que él le brindaba. Él conocía el ritmo perfecto, los lugares exactos donde detenerse y los momentos en los que acelerar, alternando entre movimientos suaves y precisos hasta que Ana, con un temblor involuntario, alcanzó el primer clímax.

Sin embargo, aún no había terminado. Marcos subió de nuevo, encontrándose con su mirada mientras sus cuerpos se alineaban. Él entró en ella lentamente, ambos soltando un suspiro que reflejaba tanto deseo como alivio. Empezaron a moverse al unísono, sus cuerpos compenetrados, buscando un ritmo que no era rápido ni frenético, sino uno que les permitiera disfrutar de cada segundo. Cada embestida de Marcos era firme y profunda, y Ana sentía cómo su cuerpo respondía de manera que nunca antes había experimentado, ni con él en su juventud, ni con su esposo.

Sus gemidos se mezclaban con el sonido de sus cuerpos moviéndose juntos. Marcos aceleraba ligeramente, sintiendo cómo el placer crecía dentro de ambos. Ana se aferraba a sus hombros, su respiración entrecortada, hasta que sintió que el clímax se acercaba de nuevo, esta vez mucho más intenso. Él también lo sentía; su cuerpo vibraba de anticipación. En el último segundo, cuando ambos estaban al borde, Marcos bajó la mano y comenzó a acariciarla suavemente, tocando el punto exacto mientras seguía moviéndose dentro de ella.

Ese toque fue todo lo que necesitaban. El orgasmo los envolvió a ambos al mismo tiempo, una explosión de placer que los dejó jadeando, temblando y aferrándose el uno al otro. Era una sensación que ninguno de los dos había experimentado antes, una mezcla perfecta de deseo, conexión emocional y satisfacción física.

Se quedaron abrazados en la cama, recuperando el aliento, conscientes de que lo que acababa de pasar no era solo un reencuentro de cuerpos, sino de almas que nunca habían terminado de despedirse.

«Esto no fue como cuando éramos jóvenes», dijo Ana, con una sonrisa cansada pero satisfecha.

«No», respondió Marcos, besando suavemente sus labios. «Esto fue mucho mejor».

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