Lluvia y deseo

El cielo sobre la ciudad era oscuro, con nubes que no parecían tener prisa en disiparse. Daniel, que había alquilado un apartamento para desconectar de su rutina, no esperaba compartirlo con otro inquilino, pero el casero le informó que Pablo también se quedaría ese fin de semana. Pablo era un hombre unos años mayor, de sonrisa fácil y una seguridad relajada que atrajo de inmediato la atención de Daniel.

La lluvia no cesaba, y la tarde avanzaba con lentitud. Ambos hombres se sentaron en el sofá del pequeño salón, conversando sobre sus vidas, sus trabajos y la ciudad. Sin embargo, a medida que la conversación fluía, algo más crecía entre ellos: una tensión sutil, una conexión que iba más allá de las palabras. Las miradas prolongadas, los movimientos lentos… todo parecía cargado de una energía que ninguno mencionaba.

Finalmente, Pablo rompió el silencio que se había instalado entre ellos.

—¿Alguna vez has pensado en explorar con otro hombre? —preguntó Pablo con suavidad, su tono tranquilo, pero cargado de significado.

Daniel tragó saliva, sorprendido por la franqueza de la pregunta, pero no podía negar que la idea había cruzado su mente antes. Jamás había tenido una experiencia así, pero algo en la forma en que Pablo lo miraba, en la cercanía de sus cuerpos en ese momento, lo hizo sentir que era el lugar y el momento adecuado para descubrirlo.

—Tal vez… —respondió Daniel, su voz baja, casi un susurro.

Pablo sonrió, una sonrisa cálida y segura. Se inclinó hacia Daniel, su mano rozando suavemente la mejilla del joven antes de acercar sus labios. El beso fue suave al principio, exploratorio, pero pronto se volvió más firme, más decidido. Daniel, aunque nervioso, respondió, dejando que sus manos se deslizasen por el torso de Pablo, sintiendo la firmeza de su cuerpo bajo la camiseta.

—Voy a mostrarte cómo se siente de verdad —murmuró Pablo contra los labios de Daniel, separándose apenas unos centímetros.

Se levantó y, con un gesto suave, tomó la mano de Daniel, guiándolo a ponerse de pie. Lo llevó hacia el dormitorio, donde la luz suave de la lámpara y el sonido de la lluvia creaban un ambiente íntimo. Sin prisa, Pablo comenzó a desvestirse, quitándose la camiseta y luego los pantalones, permitiendo que Daniel lo viera completamente desnudo. Daniel lo imitó, sintiéndose algo nervioso pero también excitado por lo que estaba por venir.

—Vamos a ir despacio —dijo Pablo, su tono ahora más didáctico—. Quiero que entiendas cómo funciona el cuerpo masculino, cómo las sensaciones crecen y se intensifican.

Se sentó en la cama y le hizo un gesto a Daniel para que se acercara. Pablo tomó la mano de Daniel y la colocó en su propio muslo, justo encima de la rodilla.

—Empieza aquí —le indicó—. La sensibilidad no solo está en el pene; también hay otras zonas que responden al tacto. Quiero que uses la yema de los dedos, no solo para apretar, sino para acariciar, para despertar la piel.

Daniel obedeció, deslizando sus dedos suavemente por el muslo de Pablo, siguiendo la línea que él le marcaba. Pablo cerró los ojos por un momento, disfrutando de la sensación, pero luego abrió los ojos para seguir guiando.

—Ahora sube, pero ve despacio —dijo Pablo en voz baja—. Cuando acaricies el interior del muslo, la piel aquí es más sensible. Tienes que ser más suave.

Daniel siguió subiendo, sus dedos rozando la piel cálida del interior del muslo de Pablo. Notó cómo los músculos de Pablo se tensaban ligeramente bajo su toque, y esto lo animó a seguir.

—Eso es… —murmuró Pablo—. Ya estás haciendo que el cuerpo responda. Ahora quiero que explores otra parte. 

Pablo llevó la mano de Daniel hacia sus testículos, y lo miró a los ojos mientras le daba instrucciones.

—Aquí tienes que ser muy cuidadoso —dijo con una sonrisa—. Los testículos son sensibles, pero también pueden ser una fuente increíble de placer si los tocas correctamente. Quiero que los acaricies suavemente, y presta atención a cómo reacciona mi cuerpo. Si hago esto —Pablo dejó escapar un pequeño suspiro—, significa que lo estás haciendo bien.

Daniel acarició los testículos de Pablo con delicadeza, siguiendo sus instrucciones. Notaba cómo el cuerpo de Pablo respondía, cómo su respiración se hacía más profunda y sus músculos se tensaban.

—Perfecto —jadeó Pablo—. Ahora vamos a lo más importante.

Llevó la mano de Daniel hacia su pene, que ya estaba erecto. Lo guió en un movimiento lento, envolviendo sus dedos alrededor del eje con suavidad.

—Aquí es donde muchos se equivocan —dijo Pablo con una sonrisa traviesa—. No es solo apretar y mover rápido. Quiero que sientas el ritmo del cuerpo, que escuches cómo reacciona. Empieza lento, así… —Pablo comenzó a mover la mano de Daniel en un ritmo constante, pero pausado—. Puedes variar la presión, pero no demasiado al principio. Es importante que mantengas el ritmo constante y observes cómo el placer crece.

Daniel siguió las indicaciones de Pablo, moviendo su mano en el ritmo que él había establecido. Al principio se sintió inseguro, pero pronto comenzó a notar cómo el cuerpo de Pablo respondía con gemidos suaves y movimientos involuntarios. Pablo arqueaba la espalda ligeramente, su respiración se hacía más pesada, y su cuerpo se tensaba a medida que Daniel se sentía más seguro.

—Eso es… ahora, un poco más rápido, pero no te precipites —susurró Pablo—. Quiero que sientas cómo el placer crece poco a poco. Es una acumulación. Si te apresuras, no llegarás a lo más alto.

Daniel aumentó la velocidad de sus movimientos, siguiendo las instrucciones de Pablo, mientras notaba cómo la tensión en el cuerpo de su compañero se hacía más evidente. Los gemidos de Pablo se volvieron más intensos, y Daniel sabía que estaba cerca de llevarlo al clímax.

—Ahora aprieta un poco más… justo ahí —jadeó Pablo—. No pares… sigue así.

Con una serie de gemidos profundos y entrecortados, el cuerpo de Pablo se tensó por completo, alcanzando finalmente el clímax. Sus manos se aferraron a las sábanas mientras el placer lo recorría de pies a cabeza. Daniel, asombrado por lo que acababa de hacer, lo observó en silencio, impresionado por la intensidad de la experiencia.

Pablo, aún respirando con dificultad, sonrió y lo miró.

—¿Ves? —dijo suavemente—. Ahora sabes lo que se siente. Pero aún te falta experimentar lo propio.

Pablo se acercó a Daniel y lo tumbó suavemente sobre la cama. Con una sonrisa confiada, comenzó a acariciar el cuerpo de Daniel, empezando por su pecho, bajando por su abdomen con una lentitud tortuosa. 

—Recuerda lo que te enseñé. No se trata solo de tocar, sino de cómo lo haces, de leer las reacciones de tu cuerpo.

Pablo tomó el pene de Daniel con la misma suavidad y firmeza con la que le había enseñado. Al principio, comenzó con movimientos lentos, casi exploratorios, observando cómo el cuerpo de Daniel respondía. Luego, sin dejar de observar su respiración y sus gemidos, ajustó el ritmo y la presión, llevándolo gradualmente hacia el clímax.

Daniel no pudo contener los gemidos que salían de su garganta. Cada movimiento de Pablo lo acercaba más y más al límite. Sentía cómo su cuerpo se tensaba, cómo el placer lo recorría, hasta que finalmente, con un gemido profundo, alcanzó el clímax. Su cuerpo se arqueó bajo las manos de Pablo, su respiración se volvió errática mientras el placer lo envolvía por completo.

Cuando finalmente su cuerpo se relajó, ambos hombres se quedaron en silencio, respirando juntos, mientras la lluvia seguía cayendo afuera. Pablo le dio una última caricia a Daniel, sonriendo con satisfacción.

—Ahora entiendes lo que es compartir el placer —dijo en voz baja—. No se trata solo de llegar al final, sino de disfrutar el camino. 

Daniel, aún recuperándose, solo pudo asentir, sabiendo que este encuentro había cambiado algo en él para siempre.

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