Alejandro había decidido pasar un fin de semana en la costa, en la casa de su tía Lucía para escapar del tedio del verano en la ciudad. Lucía tenía unos cuarenta y tantos años, un porte seguro, una mirada profunda y un cuerpo sensual que había captado la atención de Alejandro desde que comenzó su pubertad.
La mañana siguiente a su llegada, Alejandro se levantó temprano. El sol apenas iluminaba la casa cuando se dirigió hacia la cocina para prepararse un café. Al pasar por el pasillo, una puerta entreabierta lo detuvo. Era la habitación de Lucía. Desde el ángulo en que se encontraba, podía ver su cuerpo recostado sobre las sábanas, relajado, desnudo, apenas cubierto por la luz suave del amanecer.
Lo que captó su atención no fue solo la escena, sino la sensualidad en cada movimiento de su tía. Ella estaba explorando su cuerpo, sus manos recorriendo con delicadeza cada curva y pliegue de su piel. Alejandro, inmóvil, observó cómo sus dedos trazaban círculos suaves sobre su abdomen, subiendo lentamente hasta sus pechos, mientras sus labios se separaban en un suspiro silencioso.
Aunque sabía que debía apartarse, no pudo hacerlo. Cada movimiento de Lucía le revelaba algo nuevo, una especie de coreografía secreta que él nunca había presenciado antes. Era una lección íntima de placer, una que lo dejó inquieto y fascinado a partes iguales.
Esa misma noche, Lucía lo miró de forma diferente cuando coincidieron a la hora de la cena. Su sonrisa era serena, pero cargada de intención.
—Alejandro, podemos hablar con franqueza, ¿no es así? —dijo ella, cortando su silencio con una voz suave.
Él asintió, sin saber a dónde se dirigía la conversación.
—Te vi esta mañana. Observándome —su voz no era acusatoria, sino más bien directa, segura de sí misma.
Alejandro intentó excusarse, pero Lucía levantó una mano, indicándole que no era necesario.
—No te disculpes. Está bien. —Se levantó de la mesa y se acercó a él—. De hecho, creo que es una buena oportunidad para enseñarte algo.
Él la miró, perplejo, pero también intrigado. Lucía se acercó más, tomando suavemente su mano.
—Ven conmigo —susurró, guiándolo a su habitación, esta vez con la puerta completamente abierta.
Cuando entraron, Lucía se recostó en la cama, su expresión era calmada y confiada, como una maestra lista para impartir una lección importante.
—¿Alguna vez te has preguntado realmente cómo funciona el placer en una mujer? —le preguntó, mirándolo a los ojos.
Alejandro sacudió la cabeza, aún sin palabras.
—El cuerpo femenino es complejo, pero no es un misterio impenetrable. Si quieres aprender, debes prestar atención —dijo mientras se desnudaba con soltura. Luego se tumbó en la cama y le pidió que se sentase a su lado, tomando su mano y colocándola suavemente sobre su abdomen.
—Todo empieza aquí, con la anticipación. No se trata solo de tocar, sino de despertar cada sentido. —Sus dedos delinearon suavemente el recorrido que debía seguir. Despacio, le guió hacia sus pechos, enseñándole a acariciar con firmeza, pero también deslizando sus dedos con cuidado sobre sus pezones—. Aquí, en los senos, el tacto es esencial, pero no demasiado fuerte. Se trata de saber cuándo y cómo aplicar la presión adecuada.
Lucía le mostró cómo sus manos debían moverse, lentas, firmes, pero también atentas a las respuestas de su cuerpo. Cada vez que él lograba un movimiento correcto, ella cerraba los ojos y exhalaba, como si le indicara que estaba en el buen camino.
—Ahora —continuó, bajando su mano más allá de su vientre, deteniéndose justo sobre su pubis—, aquí es donde la mayoría de los hombres creen que empieza todo, pero en realidad, el clímax es el resultado de todo lo anterior. Tienes que entender la anatomía femenina. —Ella le guió, mostrándole cómo debía acariciar su piel, primero alrededor, evitando el contacto directo—. Esta zona, el clítoris, es la más sensible, pero no debes ir directamente. Primero debes generar deseo, anticipación.
Le enseñó con paciencia a cómo trazar círculos suaves, pequeños movimientos que le arrancaban suspiros profundos. A cada caricia, Lucía le explicaba qué sucedía.
—El clítoris tiene más de 8.000 terminaciones nerviosas —le dijo en un susurro—. Si lo tocas con demasiada fuerza, se vuelve incómodo. Tienes que ser delicado, pero persistente. No es una carrera, es un viaje.
Sus palabras eran una mezcla de enseñanza y placer, sus labios murmurando instrucciones entre jadeos. Alejandro, atento a cada indicación, empezó a notar cómo su cuerpo reaccionaba. Aprendió cuándo acelerar, cuándo ralentizar, y cómo las pequeñas señales —el arqueo de su espalda, la forma en que sus manos se aferraban a las sábanas— le decían que estaba cerca del clímax.
—Ahora —susurró Lucía, con la voz entrecortada—, introduce dos de tus dedos en mi vagina, siente su calor y humedad, sigue lo que te digo, pero esta vez, escucha mi cuerpo.
Alejandro siguió sus instrucciones al pie de la letra, y al poco tiempo, los movimientos coordinados entre sus manos y el cuerpo de Lucía culminaron en una explosión de placer. Ella se dejó llevar, el éxtasis vibrando en cada fibra de su ser.
Cuando finalmente se recostó de nuevo en la cama, exhausta pero satisfecha, Lucía le dedicó una sonrisa suave.
—¿Ves? Se trata de sentir, de entender lo que el cuerpo está pidiendo. Y si prestas atención, puedes llevar a una mujer al clímax una y otra vez.
Alejandro asintió, aún procesando todo lo que acababa de aprender. No solo había descubierto el cuerpo femenino, sino también la forma en que la conexión y la paciencia podían llevar a un nivel de placer mucho más profundo.
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