Marta había cumplido sesenta y cinco años hacía poco, pero se sentía mucho mayor. El peso del tiempo había caído sobre su cuerpo, y aunque mantenía una relación cordial y afectuosa con su esposo Alberto, hacía años que la pasión había desaparecido entre ellos. Fue entonces cuando, tras leer un artículo sobre la reconexión sexual en parejas, decidió que algo debía cambiar. Con algo de nerviosismo y deseo renovado, decidió contratar a un masajista profesional que se especializaba en despertar el deseo femenino a través del masaje.
Alberto, inicialmente receloso, aceptó a regañadientes la idea, aunque dejó claro que no participaría. Solo observaría, como simple espectador.
La tarde llegó, y Lucas, el masajista, tocó la puerta. Alto, con una presencia tranquila pero segura, su energía contrastaba con la tensión en la habitación. Vestido con ropa deportiva ajustada y llevando consigo un maletín lleno de aceites y toallas, se presentó con amabilidad. Marta, aunque nerviosa, sintió una atracción inmediata hacia su aplomo y profesionalismo.
—No tienes que preocuparte —dijo Lucas con una sonrisa suave—. Mi único objetivo es tu bienestar y relajación.
Marta asintió y se tumbó sobre la cama en su habitación, cubierta solo por una sábana fina que dejaba al descubierto su espalda. Mientras tanto, Alberto se quedó de pie en un rincón de la habitación, observando en silencio, incómodo, pero intrigado.
El aire se llenó con el aroma de los aceites esenciales de lavanda y romero cuando Lucas comenzó a frotarse las manos, calentando el aceite entre sus palmas. Su primera caricia sobre la espalda de Marta fue firme pero suave, y al instante ella sintió un alivio profundo, como si cada movimiento deshiciera nudos acumulados por años. Sus ojos se cerraron, entregándose por completo a la sensación de las manos del joven masajista.
Lucas trabajaba con movimientos circulares, descendiendo lentamente desde los hombros hacia la parte baja de la espalda, acariciando con destreza cada centímetro de piel. Marta soltó un suspiro prolongado, sintiendo cómo una calidez agradable comenzaba a formarse dentro de ella. Lucas era experto en su oficio, y cada toque parecía despertar algo que había estado dormido por mucho tiempo.
—Relájate, Marta —susurró Lucas con voz suave—. Deja que tus sentidos se despierten.
Alberto, desde su lugar en la esquina, miraba en silencio. Sentía una mezcla de curiosidad y desconcierto. Era extraño ver a su esposa en manos de otro hombre, pero al mismo tiempo, algo en la escena lo mantenía fascinado. Lucas continuaba su trabajo, bajando lentamente por los costados de Marta, sus manos expertas rozaban con delicadeza pero con una firmeza que la hacía estremecer.
Marta no recordaba la última vez que había sentido algo tan intenso. Cada caricia parecía encender una chispa en su interior, y mientras Lucas seguía masajeando sus caderas y sus muslos, notaba cómo su respiración comenzaba a volverse más pesada, más profunda. Estaba completamente perdida en las sensaciones, sin pensar en nada más que en el calor que inundaba su cuerpo.
Lucas, con un profesionalismo absoluto, no dejaba de concentrarse en su tarea. Ahora se había movido hacia las piernas de Marta, masajeando suavemente los muslos interiores, con movimientos lentos, ascendentes, que hacían que el cuerpo de Marta respondiera instintivamente, arqueando su espalda ligeramente ante el placer. Marta soltó un gemido suave, casi imperceptible, pero el sonido resonó en la habitación.
—Todo está bien, Marta —dijo Lucas suavemente—. Deja que tu cuerpo hable por sí mismo.
Alberto tragó saliva desde su lugar, sin atreverse a moverse ni a decir nada. Sus ojos estaban fijos en los movimientos de Lucas, en cómo sus manos parecían deslizarse como si conocieran perfectamente cada rincón del cuerpo de Marta. Jamás había visto a su esposa tan relajada, tan entregada a algo que no fuera la rutina diaria.
El masaje continuó, y Lucas empezó a trabajar en las zonas más sensibles de Marta. Sus manos se movían con lentitud calculada, deslizándose desde los muslos hacia el interior de sus piernas, bordeando sus caderas con delicadeza. Los dedos se acercaban peligrosamente a las zonas más íntimas, pero nunca se detenían allí, generando una anticipación que hacía que el cuerpo de Marta respondiera con pequeños espasmos involuntarios.
Lucas aplicaba presión sutil en la parte baja de su vientre, justo por encima de su pubis, donde cada roce enviaba oleadas de placer que irradiaban desde su centro hacia todo su cuerpo. Marta respiraba con dificultad, sintiendo cómo sus caderas empezaban a moverse ligeramente, como buscando más contacto.
—Deja que fluya —susurró Lucas mientras sus manos se deslizaban hacia sus nalgas, masajeándolas con firmeza y después bajando de nuevo a los muslos interiores, esta vez con una caricia más lenta, más profunda. Marta soltó otro gemido, esta vez más audible, incapaz de contener la mezcla de sensaciones que recorrían su cuerpo.
Lucas, conocedor de la respuesta femenina, comenzó a alternar entre el toque firme y el suave, rozando apenas los pliegues internos de sus muslos, provocando que su cuerpo temblara con cada movimiento. Las manos expertas volvían a sus caderas y luego a su bajo vientre, acercándose poco a poco a sus labios vaginales sin llegar a tocarlos directamente. Esta cercanía, este juego de deseo y espera, hacía que el cuerpo de Marta se estremeciera en una mezcla de frustración y anticipación.
El joven masajista inclinó levemente su cuerpo sobre Marta, sus manos aún recorriendo cada parte de sus muslos interiores, y se detuvo por un momento en la base de sus glúteos, presionando suavemente, y luego soltando, permitiendo que el placer subiera en ondas más intensas. Aquel simple toque, mezclado con la presión en su bajo vientre, hizo que Marta soltara un gemido largo y profundo.
—Sigue respirando —murmuró Lucas, con la voz calmada pero cargada de intención—. Siente cómo todo tu cuerpo responde.
Finalmente, sus dedos acariciaron delicadamente el borde de sus labios vaginales lubricándolos a cada paso hasta que Lucas deslizó uno de sus dedos en la vagina humeda y caliente. Marta no pudo evitar un jadeo más fuerte, su cuerpo tensándose ante la repentina oleada de placer. Cada movimiento era una promesa de lo que estaba por venir, una escalada lenta y controlada hacia un clímax inevitable.
Ya con dos dedos hundidos en la vagina de Marta las pequeñas embestidas se volvieron más rítmicas, más decididas, y en un movimiento sutil, Lucas aplicó con el pulgar una presión suave pero constante sobre su clítoris. Fue como si todo el cuerpo de Marta reaccionara al unísono; sus piernas se tensaron, su respiración se detuvo por un segundo y luego, con un último roce preciso, el orgasmo la envolvió por completo.
Su cuerpo se arqueó sobre la cama, su piel ardía, y una explosión de placer la recorrió de pies a cabeza. Alberto, de pie, observó en silencio cómo su esposa se dejaba llevar por aquella ola de liberación, sorprendido por la intensidad del momento. Jamás la había visto así, tan completamente satisfecha, tan viva.
Cuando la respiración de Marta comenzó a calmarse, Lucas, discretamente, empezó a recoger sus cosas. Se acercó a la puerta con una sonrisa tranquila, satisfecho de haber cumplido su misión.
—Recuerda —dijo antes de irse—, todo está en la conexión. Cuida de ella.
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