Clara respiraba profundamente, intentando calmar el nudo en su estómago mientras esperaba en la sala de consulta. Había dado un gran paso al estar aquí, con la esperanza de superar la desconexión con su cuerpo que había sentido desde hacía años, especialmente después de la cirugía que le había dejado cicatrices tanto físicas como emocionales. Hoy sería su primera sesión de terapia sexual asistida con Alejandro, un terapeuta especializado en ayudar a sus pacientes a reconectar con su sexualidad.
Cuando la puerta se abrió, Alejandro la saludó con una sonrisa tranquilizadora.
—¿Estás lista para comenzar? —preguntó con suavidad, su voz calmada.
Clara asintió, aunque sentía el nerviosismo en todo su cuerpo. Alejandro había explicado en la sesión previa lo que harían hoy, y aunque confiaba en él, la idea de ser tan vulnerable frente a otro ser humano la hacía sentir expuesta.
—Vamos a empezar despacio —dijo Alejandro mientras la guiaba hacia el diván, donde le pidió que se recostara—. Recuerda que tienes el control en todo momento. Si algo te incomoda, solo dímelo, y nos detendremos.
Clara asintió de nuevo, respirando profundamente. Alejandro colocó una mano en su brazo, un gesto suave y reconfortante, y ella sintió cómo su cuerpo comenzaba a relajarse lentamente. La voz de Alejandro era una constante en el fondo, guiándola a concentrarse en su respiración y a dejar que su cuerpo respondiera de manera natural.
—Quiero que cierres los ojos —le indicó Alejandro—. Nos vamos a concentrar en la sensación, no en el resultado. Esto es solo una exploración, nada más.
Clara obedeció, cerrando los ojos mientras sentía las manos de Alejandro comenzar a deslizarse con cuidado sobre sus brazos, trazando líneas suaves, despertando sensaciones que creía dormidas. Era un toque medido, lleno de respeto, pero también intencionado, un recordatorio de que estaba aquí para reconectarse con su propio cuerpo.
—Siente cada caricia, sin juzgar lo que pasa en tu mente. Solo permítete sentir —dijo Alejandro.
El terapeuta movió sus manos hacia los hombros de Clara, aplicando un suave masaje que le permitió relajarse aún más. Las tensiones de los últimos meses, tal vez años, parecían disolverse bajo sus dedos, y Clara comenzó a respirar más despacio, su pecho subiendo y bajando en un ritmo más calmado. Alejandro bajó sus manos por sus brazos hasta llegar a sus muñecas, acariciando con la misma suavidad y prestando especial atención a cómo su cuerpo respondía.
—Voy a desabrochar tu blusa, si estás de acuerdo —susurró Alejandro, esperando la aprobación de Clara.
Ella asintió, casi sin palabras, dejándose llevar por el ambiente tranquilo que Alejandro había creado en la sala. La luz tenue, el olor suave a lavanda, y la música relajante de fondo ayudaban a crear una atmósfera segura.
Alejandro desabrochó lentamente la blusa de Clara, exponiendo su pecho y el suave contorno de su abdomen. Sus manos, siempre cálidas y cuidadosas, recorrieron la piel de Clara con delicadeza. La respiración de Clara se hizo más profunda, el nerviosismo inicial comenzaba a desvanecerse mientras las sensaciones la envolvían, una mezcla de ternura y deseo que no había sentido en años.
—Estás haciéndolo muy bien —le dijo Alejandro—. Sigue respirando profundamente, dejando que tu cuerpo guíe cada sensación.
Clara se encontraba inmersa en las caricias suaves que Alejandro trazaba por su abdomen, sus manos bajando con calma hacia sus caderas, donde sentía cómo la energía se acumulaba. No había prisa en sus movimientos, todo era controlado, medido, y Clara se sentía segura en esa contención. Su cuerpo empezaba a responder de maneras que había olvidado, el calor subiendo desde su vientre hasta sus pechos, y un suave gemido escapó de sus labios.
—Eso es, deja que tu cuerpo hable —susurró Alejandro, acercándose más, su voz ahora más baja y cercana.
Las manos del terapeuta comenzaron a moverse hacia sus muslos, recorriendo su piel desnuda con el mismo ritmo lento y metódico. Clara se tensó ligeramente, pero la voz de Alejandro volvió a guiarla:
—Relájate. Todo está bien. No hay expectativas, solo sensaciones.
Clara exhaló, soltando la tensión de su cuerpo, permitiendo que el placer se expandiera sin culpa. Alejandro deslizó sus manos hacia el centro de su cuerpo, aumentando la presión de sus caricias. Los movimientos eran precisos, diseñados para guiar a Clara hacia un estado de placer consciente, pero sin precipitar nada. Cada toque, cada caricia, estaba cuidadosamente calculada para ayudar a Clara a experimentar el poder de su cuerpo, recordándole que aún era capaz de sentir placer.
—Voy a ir un poco más despacio ahora —dijo Alejandro—. Quiero que te concentres en las sensaciones que suben por tu cuerpo.
Clara cerró los ojos nuevamente, dejando que el calor y el placer crecieran, sintiendo cómo cada parte de su cuerpo se encendía con las caricias de Alejandro. Sus dedos expertos trazaban un camino por sus muslos hacia la entrada de su vagina, creando una oleada de deseo que se apoderaba de todo su ser. Clara se arqueó ligeramente, su respiración pesada, mientras Alejandro mantenía el ritmo, aumentando la intensidad con cada movimiento.
El orgasmo llegó lentamente, como una marea que subía por todo su cuerpo. Clara se tensó primero, sus gemidos aumentando, pero Alejandro la sostuvo en ese momento, permitiendo que el clímax la atravesara con una intensidad que no había experimentado en años. Su cuerpo se estremeció mientras se entregaba por completo a la sensación, y Alejandro continuó guiándola, ayudándola a navegar ese mar de emociones y placer.
Cuando finalmente el éxtasis se disipó, Alejandro retiró sus manos con cuidado, dejando que Clara descansara, su respiración aún agitada.
—Has hecho un trabajo increíble —dijo con suavidad, inclinándose para besar suavemente su frente.
Clara, aún con los ojos cerrados, sonrió levemente. Había vuelto a encontrarse con una parte de sí misma que creía perdida.
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