Adriana era una mujer decidida, acostumbrada a obtener lo que quería. A sus treinta y tantos, había aprendido que la vida no esperaba a nadie, y menos aún el deseo. Se miró al espejo una última vez antes de salir del trabajo: un ligero toque de rojo en los labios, el cabello suelto cayendo sobre sus hombros, el vestido negro que sabía destacar las curvas de su cuerpo. Su imagen le devolvió una sonrisa segura. Estaba lista.
La tarde caía lentamente sobre la ciudad, las luces comenzaban a encenderse tímidamente, y el bullicio del día daba paso a una calma inesperada. Ella lo había visto desde hacía días, en la cafetería de la esquina, siempre a la misma hora, siempre en la misma mesa, con un libro entre las manos. Había algo en la manera en que se concentraba, en cómo sus dedos pasaban las páginas con cuidado, que la atraía de manera casi inevitable.
Al llegar a la cafetería, lo encontró en su sitio habitual. Esta vez, sin embargo, ella no esperó para observarlo desde la distancia, como había hecho los días anteriores. Cruzó la puerta con paso firme y, sin vacilación, se acercó a su mesa. Él levantó la vista sorprendido cuando notó su presencia.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Adriana, aunque su tono no dejaba espacio para una negativa.
Él asintió, aún algo desconcertado, pero intrigado. Había notado su mirada en los días anteriores, aunque nunca se había atrevido a hacer algo al respecto. Sin embargo, ahora ella estaba allí, sentada frente a él, sus ojos oscuros fijos en los suyos con una intensidad que lo dejó sin palabras.
—Te he visto aquí varias veces —dijo ella, sin rodeos—. Siempre tan concentrado, tan… solo.
Él sonrió nervioso, no estaba acostumbrado a ese tipo de confrontación. Pero la presencia de Adriana era arrolladora, y de alguna manera le resultaba imposible apartar la mirada de ella.
—Me gusta la tranquilidad de este lugar —respondió él, tratando de mantener la compostura.
Adriana inclinó la cabeza ligeramente, sus ojos recorriendo el rostro de él con una mezcla de curiosidad y deseo. Era atractivo, con su barba de pocos días y esa mirada tímida que contrastaba con su cuerpo firme. Ella lo sabía: no había venido por casualidad, no era solo una coincidencia.
—¿Sabes? —dijo ella, inclinándose un poco hacia adelante, lo suficiente para que el escote de su vestido dejara entrever la suavidad de su piel—. A veces la tranquilidad está sobrevalorada.
Él tragó saliva, sintiendo cómo el aire en la pequeña mesa se volvía más denso, más cargado. No pudo evitar que sus ojos se desviaran por un segundo hacia el escote que Adriana le mostraba con total naturalidad.
—Creo que… tienes razón —murmuró él, sin poder evitar una sonrisa tímida.
Adriana no dejó pasar la oportunidad. Se levantó con la misma seguridad con la que había llegado, rodeó la mesa y, sin pedir permiso, se sentó en su regazo. Él se quedó inmóvil, atrapado entre la sorpresa y el deseo que comenzaba a hacerse evidente en su cuerpo.
—Vamos a hacer algo —susurró ella, su voz ronca rozando el lóbulo de su oreja mientras sus manos comenzaban a acariciar suavemente el pecho de él, a través de la camisa—. Aquí, ahora.
Él no dijo nada. Sus manos, casi temblorosas, rodearon la cintura de Adriana, aferrándose a sus caderas. Sentía el calor de su cuerpo a través de la fina tela del vestido, y cada movimiento de ella, lento y calculado, lo hacía perder el control poco a poco.
Ella sonrió, sabiendo que lo tenía donde quería. Su mano derecha se deslizó por su cuello, acariciándolo con una suavidad que contrastaba con la firmeza de su mirada. No era un juego, no para ella. Esto era algo que había decidido hacía tiempo, y ahora estaba decidida a llevarlo hasta el final.
—Shh —le susurró cuando él intentó decir algo, sus labios rozando apenas los suyos—. Solo disfruta.
Sin esperar respuesta, Adriana lo besó, profundamente, con una pasión que lo tomó por sorpresa. Sus lenguas se encontraron en una danza frenética, y él respondió con igual intensidad, sus manos explorando su cuerpo con una desesperación que no había sentido en mucho tiempo. El beso era fuego, una mezcla de deseo contenido y la certeza de que este momento era único, efímero, y por ello aún más intenso.
El ambiente en la pequeña cafetería parecía desvanecerse. No les importaba si alguien los veía, si alguien notaba cómo las manos de ella se deslizaban por su pecho, bajando lentamente hacia su entrepierna, sintiendo su erección bajo la tela de sus pantalones. Sus movimientos eran calculados, pero no por eso menos urgentes.
Adriana se separó de él un momento, solo lo suficiente para susurrar en su oído:
—Vamos.
Sin esperar respuesta, se levantó de su regazo y lo tomó de la mano, guiándolo hacia la puerta trasera de la cafetería, que daba a un pequeño callejón. Él la siguió, como hipnotizado, sin poder resistirse a la fuerza que ella irradiaba.
El aire fresco de la calle apenas logró enfriar el calor que emanaba de sus cuerpos. Allí, entre las sombras, ella lo empujó contra la pared, besándolo de nuevo con una intensidad que lo dejó sin aliento. Sus manos se movían rápidas, desabrochando su camisa, bajando la cremallera de sus pantalones mientras él jadeaba contra su boca.
Adriana, sin perder el control en ningún momento, se deshizo de su ropa con la misma facilidad con la que había tomado la iniciativa desde el principio. No había vuelta atrás. Sus cuerpos, ahora desnudos, se encontraron en una explosión de deseo. Ella lo montó con una determinación feroz, moviéndose sobre él con un ritmo que lo llevaba al límite.
Los gemidos de ambos se mezclaban con el sonido lejano de la ciudad. La pared fría contra su espalda contrastaba con el calor abrasador del cuerpo de Adriana, que se movía sobre él con una maestría que lo hizo perder el control en cuestión de minutos.
Ella alcanzó el clímax con un grito ahogado, su cuerpo temblando mientras se aferraba a él. Él la siguió poco después, jadeando, con los ojos cerrados, completamente rendido.
Adriana se separó de él lentamente, recogiendo su ropa con la misma calma con la que había entrado en la cafetería. Sin decir una palabra, se arregló el vestido y lo miró por última vez, sonriendo levemente antes de desaparecer en la oscuridad del callejón.
Él se quedó allí, aún apoyado en la pared, intentando recuperar el aliento. Sabía que nunca volvería a verla, pero ese encuentro inesperado quedaría grabado en su mente para siempre.
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