Marta cerró la puerta de su apartamento y soltó las llaves sobre la mesita de la entrada. El sonido metálico resonó en el silencio de su casa. Se quitó los tacones y sintió el alivio inmediato al pisar el suelo de madera. Con treinta y cinco años, había alcanzado lo que siempre había deseado: independencia, libertad y una vida hecha a su medida. Pero esa tarde, cuando cruzó el umbral de su casa, había algo distinto en el aire, una tensión que flotaba entre las paredes, un deseo que crecía en su interior sin que ella pudiera detenerlo.
La ducha era lo primero que necesitaba. Dejó caer la ropa al suelo mientras caminaba por el pasillo, el vestido que había usado durante el día quedó tirado a un lado. El vapor del agua caliente llenó el baño en segundos, y Marta se dejó envolver por la calidez. El agua caía sobre su piel, deslizando la tensión del día por el desagüe. Sus manos recorrieron lentamente su cuerpo, no con prisa, sino con esa conciencia plena que había aprendido a disfrutar con los años. Sabía lo que le gustaba, lo que encendía el fuego en su interior.
Cerró los ojos bajo el agua y dejó que su mente divagara. Imágenes de cuerpos, de pieles encontrándose, surgieron en su mente con una claridad que la hizo morderse el labio. Hacía tiempo que no compartía su cama con nadie, y aunque disfrutaba de su propia compañía, esa tarde algo diferente latía en su pecho.
Salió de la ducha, secándose lentamente, sin prisa. Cada caricia con la toalla era un recordatorio de lo que su piel deseaba, de lo que su cuerpo pedía a gritos. Se miró al espejo, observando las curvas que conocía tan bien. A lo largo de los años, había aprendido a amar su cuerpo, con todas sus formas y matices. Era una mujer de verdad, con fuerza, con deseo, con poder.
Caminó hasta su habitación, desnuda, sintiendo el fresco de la tarde colarse por la ventana abierta. Se tumbó sobre las sábanas, las mismas que aún conservaban el aroma de la mañana. Su piel desnuda se adaptaba al tacto suave de la tela, y por un momento, simplemente se dejó llevar por la sensación de paz que la envolvía.
Pero no era solo paz lo que buscaba. Había algo más profundo, más oscuro, que se movía dentro de ella. Su mano se deslizó lentamente por su abdomen, jugando con la línea que llevaba al centro de su placer. El roce apenas era un susurro, pero ya sentía cómo su respiración se aceleraba, cómo su cuerpo respondía al contacto de sus propios dedos.
Cerró los ojos y se permitió perderse en la sensación. Sus dedos trazaron caminos conocidos, recorriendo cada rincón con la maestría de alguien que había aprendido a descubrir sus propios deseos. No tenía prisa; sabía que el placer no era una carrera, sino una danza lenta y constante.
Su otra mano se deslizó por su pecho, acariciando suavemente la piel sensible. El aire fresco que entraba por la ventana contrastaba con el calor que crecía en su interior. Su respiración se volvió más entrecortada mientras sus movimientos se volvían más intensos, más desesperados. Cada caricia, cada roce la llevaba más cerca de ese punto de no retorno.
Marta arqueó la espalda cuando sus dedos encontraron el lugar exacto, la conexión que enviaba olas de placer por todo su cuerpo. Un gemido suave escapó de sus labios, y la tensión que había sentido durante todo el día se desvaneció por completo. Solo existía el ahora, el momento en el que su cuerpo respondía a cada uno de sus movimientos, a cada uno de sus deseos.
Siguió explorando, buscando ese límite donde el placer se convierte en algo incontrolable. Sus dedos se movían con más rapidez, sus caderas respondían al ritmo, y en su mente las imágenes se hacían más vívidas, más intensas. Podía imaginar otras manos en su piel, otro cuerpo junto al suyo, pero era su propia determinación, su propio poder, lo que la guiaba.
Y entonces llegó. El clímax la envolvió como una ola, profunda y envolvente. Su cuerpo se tensó, sus piernas se apretaron mientras las sacudidas del orgasmo recorrían su piel. Los gemidos suaves se transformaron en respiraciones rápidas, y por unos segundos, todo lo que existía era el placer.
Cuando el eco del clímax se desvaneció, Marta se quedó tendida sobre las sábanas, su cuerpo aún vibrando con los restos de satisfacción. Abrió los ojos lentamente, observando la luz que se filtraba por la ventana, el mundo exterior que seguía su curso ajeno a lo que había ocurrido en su cama.
Sonrió. En ese momento, no necesitaba más. No había dependido de nadie para alcanzar ese punto de éxtasis, no necesitaba la validación de ningún otro cuerpo. Era dueña de su propio placer, de su propio destino. Y eso, para Marta, era todo lo que siempre había deseado.
Se levantó con calma, se envolvió en una bata de seda y se sirvió una copa de vino. Observó por la ventana la ciudad que despertaba bajo las luces de la noche. Y entonces, con una sonrisa satisfecha, se acomodó en su sillón favorito, saboreando no solo el vino, sino la certeza de que, a sus treinta y cinco años, era una mujer que vivía y disfrutaba en sus propios términos.
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