El sol de media tarde caía sobre las montañas, tiñendo de un dorado suave los senderos polvorientos. Los pasos de Clara, ligeros y precisos, rompían el silencio del paisaje solitario mientras ascendía por la ladera. Sus cuarenta y cinco años se escondían detrás de una vitalidad que pocos poseían a su edad; su cuerpo firme, acostumbrado a la disciplina del deporte, era un reflejo de su control sobre sí misma. Sin embargo, en ese momento, ese control comenzaba a tambalearse.
Al final del camino, en un claro rodeado de peñascos, lo vio. Un joven pastor, con el torso desnudo y bronceado por el sol, guiaba su rebaño lentamente. Su aspecto era sencillo, casi salvaje, pero había algo en la forma en que se movía, en la despreocupación de su andar, que la atrajo de inmediato. Clara lo observó durante unos minutos, sintiendo cómo su cuerpo respondía, despertando en ella sensaciones que hacía tiempo no experimentaba. El deseo surgía, crudo e instintivo.
El joven se percató de su presencia y, por un instante, sus miradas se encontraron. Fue un reconocimiento mudo, una chispa que prendió en el aire entre ellos. Clara no dijo nada; no era necesario. Ella lo sabía, y él también lo supo en ese mismo instante: estaban destinados a compartir esos minutos robados al tiempo, en ese rincón apartado del mundo.
Sin desviar la mirada, Clara caminó hacia él, dejando que el silencio hablara por ambos. Su respiración se aceleraba mientras se acercaba, sintiendo la tensión aumentar con cada paso. El calor del día se entrelazaba con el calor que emanaba de sus cuerpos.
Cuando llegó a su lado, no hizo falta intercambiar palabras. Sus manos, firmes y seguras, lo tomaron por la nuca y lo atrajeron hacia ella. Sus labios se encontraron con una urgencia que no dejaba lugar a la duda. El joven respondió al instante, sorprendido por la intensidad de aquella mujer que lo dominaba sin esfuerzo, pero sin rastro de resistencia. Clara era fuego, y él lo comprendía.
Las manos de ella recorrieron su pecho con la misma seguridad con la que había tomado la iniciativa. Cada músculo, cada línea del cuerpo joven y fuerte bajo sus dedos, alimentaba el deseo que ardía en su interior. El joven, aún en silencio, la seguía, perdido en esa tormenta de sensaciones que ella desataba.
Sin soltarlo, Clara lo guió hacia un rincón protegido entre los arbustos y las rocas, donde los sonidos del viento y los balidos distantes de las ovejas quedaban como un eco lejano. Allí, en ese refugio improvisado, el deseo se convirtió en necesidad urgente.
Clara, tomando siempre la delantera, lo empujó suavemente contra la roca, dejando que su cuerpo se pegara al suyo. Su respiración entrecortada marcaba el ritmo. Sus labios recorrieron el cuello del joven, su pecho, mientras sus manos seguían explorando sin pudor, disfrutando de cada rincón de su piel. El contacto era puro, ardiente, y sus movimientos dejaban claro que era ella quien dictaba cada paso de ese encuentro.
Él la observaba, fascinado, rendido ante su energía desbordante, incapaz de resistirse. Sus dedos encontraron el borde de los pantalones cortos de ella, pero fue Clara quien, con un movimiento decidido, los apartó, dejando claro que era ella quien decidía cuándo y cómo.
El calor de sus cuerpos se mezclaba con la brisa que acariciaba la montaña. El roce de la piel desnuda, los gemidos ahogados que escapaban de sus labios mientras se entregaban a ese momento, convertían el encuentro en algo más que simple pasión: era una necesidad primaria, un acto inevitable que ambos sabían que debía consumarse.
Los movimientos de Clara se aceleraron, marcando el ritmo que ella deseaba, sintiendo cómo la tensión en su interior crecía. Cada roce, cada embestida la acercaba más al borde, y sabía que él lo sentía también. El joven, incapaz de resistirse a la fuerza de su deseo, la seguía, dejándose llevar por la marea que ella había desatado.
Clara, con el cuerpo en llamas y el control absoluto de la situación, lo montó con una determinación feroz. Las rocas bajo ellos, la tierra, el viento que susurraba entre los árboles, todo desaparecía mientras sus caderas se movían con un ritmo salvaje, desesperado. Sus gemidos se mezclaban con el latido de sus propios corazones, cada vez más rápido, cada vez más fuerte.
Y entonces, con un grito contenido, Clara alcanzó el clímax. Su cuerpo tembló, los músculos tensándose mientras las olas de placer la atravesaban, arrastrándola a ese abismo que tanto había ansiado. El joven la sostuvo, su respiración agitada, observando cómo esa mujer poderosa se dejaba llevar, satisfecha, completa.
Sin despedirse, sin mirarlo de nuevo, Clara se levantó. Se vistió con la misma calma con la que se había acercado a él al principio. El momento había pasado, el deseo saciado. Sin una palabra, giró sobre sus talones y comenzó a caminar de vuelta al sendero, dejando al joven pastor tras de sí, aún impactado por lo que acababa de ocurrir.
El viento acariciaba su rostro mientras avanzaba, y una sonrisa satisfecha curvó sus labios. No había necesidad de más. Lo que había pasado en esa ladera de la montaña era efímero, pero real, como una llamarada que se extingue, pero deja huella.
Y así, sin mirar atrás, Clara se internó de nuevo en el sendero, consciente de que ese encuentro, breve y ardiente, quedaría solo como un recuerdo secreto, perdido en la vastedad de la montaña.
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