El procedimiento

No puedo evitar sentir una mezcla de nervios y anticipación mientras me encuentro tumbada en esta camilla, completamente desnuda bajo una sábana azul. La habitación está en penumbra, con luces suaves que apenas iluminan los contornos de los aparatos y muebles de la clínica. Me encuentro en un limbo extraño entre el pudor y la expectativa, mi piel se siente hipersensible, como si ya supiera lo que está por venir. El frío del aire acondicionado choca con el calor de mi cuerpo, haciendo que mis músculos se tensen bajo la tela fina que apenas cubre mi desnudez.

Las enfermeras vienen y van. Puedo sentir sus manos sobre mí, a veces firmes y precisas, otras suaves y cálidas, pero siempre calculadas. Hablan entre ellas en voz baja, casi como si yo no estuviera aquí, o como si mi presencia fuera solo un detalle necesario en un proceso que conocen de memoria. Una de ellas ajusta algo en el monitor cercano a mi cabeza, otra verifica algún tipo de aparato a un lado de la camilla. Me siento extrañamente pequeña en este escenario clínico, casi frágil, pero al mismo tiempo hay algo dentro de mí que late, que pulsa, una curiosidad latente.

El tratamiento empieza de manera lenta, casi imperceptible. Las manos de las enfermeras rozan mi piel, y lo primero que noto es la calidez de sus dedos, suaves y expertos. Mi respiración, que antes era lenta y controlada, empieza a acelerarse apenas. Los toques se intensifican estimulando distintas áreas de mi cuerpo, recorriendo mi abdomen, mis brazos, mis piernas. No puedo evitar cerrar los ojos, entregándome al momento. Siento cada caricia como un cosquilleo que comienza a encenderse en lo más profundo de mí.

Mi cuerpo responde antes que mi mente. Las estimulaciones se van volviendo más precisas, más focalizadas. Las manos de las enfermeras se detienen en las zonas más sensibles de mi piel, presionando, acariciando, testeando mis respuestas. Mi respiración es cada vez más irregular. Siento un calor concentrándose en mi bajo vientre, una tensión placentera que crece con cada contacto. Es imposible no excitarme. Los toques que antes eran suaves ahora se sienten profundos, calculadamente íntimos, preparando cada rincón de mi cuerpo para algo inevitable.

Una de las enfermeras, con sus dedos finos y precisos, recorre la parte interna de mis muslos. No puedo evitar temblar, mi piel reacciona de inmediato, y un suave gemido escapa de mis labios, apenas un susurro. Ella no dice nada, pero sus manos continúan, subiendo, acercándose cada vez más a mis zonas más privadas. Y luego, sin previo aviso, siento su dedo deslizándose dentro de mí. Mi cuerpo reacciona con un espasmo involuntario, y ella, con una calma casi clínica, simplemente murmura:

—Todavía no está lista.

Me estremezco, sin saber si lo que siento es más frustración o deseo. Vuelven a estimularme, ahora con más intensidad. Cada toque parece calculado para provocarme, para hacer que mi cuerpo ceda por completo al placer que está empezando a invadirme. La sensación en mi piel se vuelve más urgente, más concentrada. Me siento al borde de algo, pero aún no llego. Mis caderas se arquean ligeramente, buscando más, pero las manos de las enfermeras son metódicas, impasibles, como si estuvieran esperando que yo misma me entregara completamente a ellas.

Siento otra vez el dedo, esta vez con más firmeza, entrando en mí con una precisión que hace que mi cuerpo responda instantáneamente. Mi piel está caliente, húmeda, y mi respiración ya es casi un jadeo. La enfermera, con su voz calmada y profesional, repite las mismas palabras, pero ahora con un tono diferente:

—Ahora está lista.

Un leve clic suena cuando la puerta se abre, y entra un hombre. Lleva una bata blanca, pero sus piernas están desnudas. Mis ojos recorren la escena, pero mi mente está nublada por el deseo acumulado. Lo miro con una mezcla de curiosidad y sumisión. Sé por qué está aquí. Sé qué papel juega en este proceso que ha sido planeado minuciosamente, y por alguna razón, la expectativa me consume. El médico se acerca a la camilla con una calma absoluta, como si esto fuera lo más normal del mundo. Se para junto a mí, y su miembro, erecto y expuesto, parece ser la pieza final de este mecanismo perfectamente orquestado.

Sin decir palabra, él se inclina hacia mí, sus manos recorriendo mis caderas con firmeza, y luego toma posición entre mis piernas abiertas. No es algo abrupto, es calculado, pausado, casi como si cada movimiento estuviera coreografiado. Lo siento presionando contra mi entrada, su cuerpo encontrando el mío de manera precisa, entrando en mí de manera lenta pero segura. Mi cuerpo lo acepta sin resistencia, y el placer que había estado construyéndose desde el inicio ahora explota en una sensación de total abandono.

Él se mueve dentro de mí con una mezcla de profesionalismo y propósito. Su respiración es constante, rítmica, y cada embestida parece perfectamente medida para completar este proceso. Siento cómo cada uno de sus movimientos me lleva más lejos, hasta que todo mi ser está concentrado en ese punto, en esa unión que se ha vuelto inevitable. Mis pensamientos se disuelven, y lo único que queda es la sensación pura, cruda, mientras él me llena por completo, terminando lo que ha venido a hacer.

Y entonces, cuando todo termina, cuando su cuerpo finalmente se separa del mío, todo en la habitación se siente más frío, más distante, pero también lleno de una extraña satisfacción.

El procedimiento ha sido completado.

Deja un comentario