La brisa del mar acaricia mi piel, fresca y salada, mientras el sol calienta mi espalda desnuda. Estoy tumbada boca abajo sobre la toalla, los brazos extendidos a los lados, y siento la arena fina debajo, presionando suavemente contra mi vientre. Cierro los ojos, dejando que el sonido de las olas se mezcle con las risas lejanas de los niños jugando en la orilla, los murmullos de las conversaciones ininteligibles de los bañistas. Respiro profundo, aspirando el aroma a sal y bronceador, mientras mi cuerpo se relaja, como si cada célula respondiera al abrazo del sol y la tierra.
Abro los ojos y dejo que mi mirada vague, deteniéndose, casi con descaro, en los cuerpos que se mueven a mi alrededor. Hombres y mujeres con sus pieles relucientes de sudor y agua de mar. Son figuras que se contorsionan con la gracia inconsciente de quien se siente libre bajo el cielo abierto, sin la presión de las miradas juzgadoras. Me encanta observarlos, descubrir las pequeñas historias que invento para cada uno de ellos, imaginando secretos ocultos bajo sus pieles bronceadas.
Mis ojos se posan en un hombre de espaldas a mí, su cuerpo aún mojado, gotas que resbalan lentamente por su espalda musculosa, reflejando la luz del sol. Me lo imagino saliendo del agua, su cuerpo emergiendo como el de un dios marino. Fantaseo con que se acerca, su sonrisa franca y segura, y siento cómo me toma de la mano, llevándome sin palabras hacia el agua, hasta que la marea nos cubre. Bajo la superficie, sus manos me recorren sin prisa, trazando caminos invisibles en mi piel, mientras el mundo se reduce a la presión del agua y el calor que emana de su cuerpo. Lo imagino pegado a mí, su respiración contra mi cuello, nuestras pieles deslizándose una contra otra, flotando en un mar de deseo silencioso.
Cierro los ojos de nuevo, disfrutando de la imagen. Al abrirlos, veo una pareja sentada cerca de la orilla, sus cuerpos entrelazados de una forma casual pero íntima. Ella, con un bikini diminuto que apenas cubre sus formas generosas, ríe despreocupada mientras él le pasa una mano por el cabello húmedo, enredando sus dedos con lentitud. Me pierdo en la idea de un trio. Me acerco, juguetona, fingiendo un tropiezo, dejándome caer cerca de ellos con una risa inocente. Nos miramos y la conversación comienza, fluyendo como si fuéramos viejos conocidos. Ella me sonríe, y veo un destello de complicidad en sus ojos, como si me hubiera estado esperando. Él se inclina hacia mí, sus dedos rozando mi hombro, suaves, casi accidentales.
Imaginamos una danza, una intimidad compartida, donde las risas y las miradas son tan importantes como las caricias. Sus cuerpos me rodean, ella a un lado, él al otro, y el calor se intensifica, no solo por el sol, sino por la proximidad, el roce de piel contra piel. Puedo sentir sus respiraciones en mi oído, en mi cuello, cada uno marcando un ritmo diferente en el aire pesado de la tarde. Las manos recorren mi cuerpo, suavemente primero, luego más seguras, hasta que todo se funde en una única sensación de deseo compartido.
La sensación del sol en mi espalda me devuelve a la realidad por un instante. Me revuelvo sobre la toalla, dejando que mis caderas se hundan un poco más en la arena, mi cuerpo recibiendo la presión de la tierra. Siento el hormigueo en mi piel, la humedad del sudor que se mezcla con la sal del mar. Cierro los ojos otra vez mientras aprieto mi pelvis contra la arena caliente.
Ahora mi mirada se posa en una mujer alta, de piel morena y cabello negro, que camina con una elegancia natural hacia la orilla. La sigo con los ojos, observando cómo el agua le llega a los tobillos y luego sube hasta sus muslos. Me la imagino girándose hacia mí, con una sonrisa apenas perceptible en sus labios. Me acerco, atrapada por su magnetismo, y sin palabras me invita a sumergirme con ella. Nos despojamos de las últimas barreras que imponen nuestros bañadores, y el agua nos envuelve, nuestras manos encontrándose bajo la superficie. Su cuerpo es firme y suave, sus dedos son precisos, y cada caricia que imagino me atraviesa como una descarga eléctrica, un estremecimiento profundo.
El sol está en su punto más alto ahora, sus rayos me queman la piel y me excitan. Siento el calor que se acumula en mi vientre, ese latido constante que se extiende por mi cuerpo, como una corriente que no puedo detener. Mis dedos, discretos, se deslizan por mi cuerpo, presionando suavemente contra la tela de la toalla, buscando liberar esa tensión que se ha ido acumulando a lo largo del día, en cada mirada, en cada fantasía.
Los sonidos de la playa se distorsionan, se apagan poco a poco. Todo lo que existe ahora es el roce de mis propios dedos, el calor creciente que se extiende por mi abdomen, la presión rítmica que me lleva al borde de algo profundo, inevitable. La brisa del mar me acaricia como una amante, y las olas parecen sincronizarse con los movimientos lentos, precisos, que me hago a mí misma.
Y entonces, llega. El clímax me inunda con una oleada de placer que me atraviesa como un relámpago, silencioso pero devastador. Mi cuerpo se tensa, mis dedos se hunden en la arena, y el mundo se reduce a una chispa de luz que explota dentro de mí, expandiéndose en círculos concéntricos hasta perderse en el horizonte.
Un suspiro escapa de mis labios, largo, satisfecho. Mi cuerpo, agotado y saciado, se relaja por completo. El sol sigue brillando, las olas siguen rompiendo, y yo… yo simplemente me dejo caer en un sueño profundo, envuelta por la calidez de la tarde y el eco de mis propias fantasías.
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