Los días posteriores a mi encuentro con Malik pasaron en una bruma de excitación y nerviosismo. Cada vez que pensaba en lo que habíamos hecho, un escalofrío me recorría la columna. Nunca me había sentido tan viva, tan deseada. A pesar de estar casada con Javier, sentía como si hubiera despertado de un largo letargo. Pero la culpa y la vergüenza también se colaban en mis pensamientos. Cada vez que veía a mi marido, me preguntaba si él sospechaba algo, si podía ver el brillo renovado en mis ojos.
Pero Javier seguía igual, inmerso en su rutina monótona, sin percatarse del torbellino de emociones que hervía dentro de mí. No podía dejar de pensar en Malik, en su cuerpo firme contra el mío, en cómo me había llevado al límite de un placer que hacía años no experimentaba. Así que cuando vi un mensaje suyo en mi teléfono, mi corazón dio un vuelco.
“¿Te gustaría repetirlo, María? No puedo dejar de pensar en ti. Te tengo preparada una sorpresa”
Mis manos temblaban mientras leía el mensaje. No respondí de inmediato, pero el deseo ardía en mi interior. Durante días, traté de ignorar esa invitación, pero cada vez que pasaba junto a su casa, mi cuerpo reaccionaba, como si cada célula en mi ser lo reclamara.
Finalmente, cedí. Le respondí que sí, y esa misma noche, cuando Javier se quedó dormido en el sofá como de costumbre, me escabullí en la oscuridad. Crucé el jardín hasta la casa de Malik, sintiendo el pulso acelerado en mis oídos, como si estuviera a punto de hacer algo prohibido… y eso solo incrementaba mi deseo.
Cuando Malik abrió la puerta, me recibió con una sonrisa depredadora que me hizo temblar. Esta vez no hubo preámbulos ni palabras de cortesía. Me agarró de la cintura, atrayéndome hacia él, y sus labios cayeron sobre los míos con una intensidad que me dejó sin aliento. Sentí su lengua invadiendo mi boca, explorándome con una desesperación que me encendió aún más.
—Te he deseado desde que te fuiste aquella noche, María… —susurró contra mi oído, mordisqueando el lóbulo mientras sus manos ya estaban explorando mi cuerpo por debajo de la blusa.
—Yo también… no puedo dejar de pensar en ti… —jadeé, sorprendida por la verdad de mis palabras.
Sus manos hábiles desabrocharon mi blusa, dejándola caer al suelo, y pronto me encontré desnuda ante él, temblando de anticipación. Esta vez no fue paciente ni tierno como la primera vez. Me dio la vuelta con un movimiento firme y me empujó contra la pared. Podía sentir su erección presionando contra mi culo, su respiración caliente en mi cuello.
Malik deslizó sus manos por mis caderas, bajando hasta mis muslos, y sus dedos encontraron mi sexo ya húmedo y ansioso. Comenzó a jugar con mi clítoris, sus dedos moviéndose con una precisión que me hizo gemir en voz alta. No podía contenerme; sus caricias eran eléctricas, encendían una chispa que recorría mi cuerpo.
—No sabes lo mucho que me excitas, María —gruñó, empujando sus caderas contra las mías.
Él no paró de estimularme hasta que mis piernas comenzaron a fallar. Me sujeté con fuerza a la pared, jadeando, mientras sentía su boca recorrer mi cuello, dejando marcas ardientes en mi piel. De repente, me levantó en el aire como si no pesara nada y me llevó hasta su dormitorio, donde me dejó caer sobre la cama.
Me posicionó a cuatro patas, separando mis piernas con una autoridad que me hizo estremecer. No sabía qué esperar, pero estaba lista para todo lo que él quisiera hacerme. Sentí sus dedos deslizándose de nuevo en mi interior, primero uno, luego dos, abriéndome, preparándome para lo que estaba por venir. Su pulgar rozaba mi clítoris mientras sus dedos entraban y salían, provocando olas de placer que me hacían perder la cabeza.
—Malik… por favor… —rogué, mi voz apenas un susurro.
—¿Por favor, qué? —me provocó, aumentando la velocidad de sus dedos.
—Quiero que me folles… ahora… —solté, sorprendida por lo directa que sonaba. Pero no podía más, lo necesitaba como nunca antes había necesitado a nadie.
Malik sonrió, satisfecho con mi súplica, y retiró sus dedos, dejándome con una sensación de vacío que casi dolía. Lo escuché desabrocharse los pantalones, y pronto sentí el calor de su miembro rozando la entrada de mi sexo. Me detuve, mi cuerpo temblando de anticipación, sabiendo lo que estaba a punto de suceder.
Y entonces, con un movimiento lento pero decidido, Malik se hundió profundamente en mí. Solté un grito ahogado, sintiendo cómo mi cuerpo lo acogía, cada centímetro estirando mis paredes, llenándome de una forma que hacía años no experimentaba. Se quedó quieto por un momento, permitiéndome sentir cada palpitación de su erección dentro de mí, antes de comenzar a moverse con un ritmo lento y tortuoso.
Cada empuje llegaba más profundo que el anterior, rozando lugares en mi interior que me hacían ver estrellas. Sentía su piel chocando contra la mía, sus manos firmemente agarradas a mis caderas, guiándome hacia él con cada embestida. Mi cuerpo respondió instintivamente, moviéndose al ritmo que él marcaba, mis gemidos llenando la habitación.
—Joder… te sientes increíble… —murmuró, acelerando el ritmo, sus embestidas haciéndose más fuertes, más rápidas.
Estaba completamente perdida en el torbellino de placer. Sentía cómo mi orgasmo se acercaba, creciendo con cada embestida profunda. Mis paredes comenzaron a contraerse alrededor de él, y cuando él lo sintió, aumentó aún más su ritmo, llevándome al límite.
—Sí… así… no pares… —grité, completamente entregada, sabiendo que no habría vuelta atrás después de esto.
Finalmente, todo explotó en una ola de placer incontrolable. Mi orgasmo llegó con una intensidad devastadora, haciendo que mis piernas fallaran mientras me desplomaba contra la cama. Malik siguió empujando, prolongando mi clímax hasta que no pude más. Entonces, con un gemido bajo y gutural, se dejó llevar también, derramándose en mi interior.
Nos quedamos allí, piel con piel, respirando pesadamente. Sentía su calor aún dentro de mí, una conexión tan intensa que me dejó sin aliento. Sabía que había cruzado una línea, pero en ese momento no me importaba. Malik había despertado en mí algo que creía perdido para siempre.
Al regresar a casa esa noche, con las piernas temblorosas y el corazón acelerado, encontré a Javier roncando en el sillón, como siempre. Yo ya no era la misma mujer resignada al paso del tiempo. Y aunque el futuro era incierto, sabía que no volvería a apagar la llama que Malik había encendido en mi interior.
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